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jueves, 28 de enero de 2021

Pan y circo


Justo en el día de la celebración del natalicio de Martí pienso en su frase “viví en el monstruo y le conozco las entrañas”. Cada quien tomará la sentencia y la pondrá en su contexto. Cada uno de nosotros sentirá que la dijo para la circunstancia específica que está viviendo. Algunos culparán a los yanquis, otros a los cubanos demasiado enamorados del poder, y unos últimos quizás a la sociedad humana en general.

Lo cierto es que cada persona ha lidiado en su vida con un monstruo cercano, familiar, íntimo. Y espera que poder decirlo sea su derecho, aún si tiene o no una historia que otros compartan o validen. Qué clase de mundo es este en que un ser humano no puede expresarse libremente, tener una opinión, disentir. Uno jodido....

Pasa una vez más que algunos cubanos  sienten como suyo el derecho natural de pensar por sí mismos. Y pasa que la ley los condena por ello. En cuba es ilegal protestar y no estar de acuerdo. Es ilegal decir algo contrario al poder. Y para que el miedo sea razón más convincente que la ley, nuestros líderes inventaron hace mucho la amenaza solapada y el acto de repudio.

Pienso en el emperador japonés, tan intocable como alguno de nuestros dirigentes, pero con la difícil tarea de ser sólo un ejemplo impoluto de conducta, sin intervenir en ningún asunto mundano que pudiera ensuciar su ejemplo.  Si nuestros ministros salen a la calle a liarse a golpes y trompadas, qué nos queda esperar para los barrios más populares de la isla, allí donde un grito ofensivo marcaba el incicio de una enemistad de años. Que nadie diga que este árbol no dio buenos frutos, digamos mejor que las termitas habían minado el tronco, las ramas, y hecho un buen nido en las raíces.

¿Por qué no pueden los jóvenes cubanos ser parte del proceso de creación del país en que viven? ¿Por qué un grupito que lleva repitiendo los mismos patrones desde hace 60 años, sin que cambie el resultado, puede ser árbitro de nuestro tiempo? ¿ Por qué han cerrado tanto las paredes de esta isla que muchos sentimos que estamos presos? ¿Quién les ha dado permiso para que la patria sea definida a través de la política? ¿Cómo puede ser justo que a una palabra se responda con la fuerza, y a quienes hablan se les tiren encima los perros?

Es sabido que Roma entrenía a sus ciudadanos. Y que lo hacía como una medida para desviar la atención sobre asuntos de vital importancia que ponían en peligro el statu quo. Así que puedo entender que, siguiendo ese ejemplo, una protesta pacífica se convierta en show. Pero los emperadores romanos no hacían grandes eventos de lucha y competencia sin poner sobre la mesa mucha comida. El dicho nos recuerda que el corazón contento lleva también una barriga llena. Entonces pienso en lo que ha pasado este 27 de enero y me digo que el circo ya lo tenemos, sólo nos falta saber ¿el pan para cuándo?.

domingo, 24 de enero de 2021

Errar es...cubano (o la historia de SE)


¿Cuántas veces hemos oído los cubanos aquello de “se han cometido errores”? El famoso SE, que es quien toma las decisiones en representación del pueblo, no tiene rostro conocido, ni asume las consecuencias de sus acciones. Y ahí está: intacto, rozagante, listo para equivocarse de nuevo y reírse mientras enumera  entre chanzas sus desaciertos. La historia que cuentan no es nueva, ni tampoco los somos los oyentes.

En los noventa llegó el proceso de rectificación de errores, con su nombre cursi y medio rimbombante. Prometía, como siempre pasa, enderezar el tronco de este árbol tan torcido. Pero el campo socialista en el que descansaba nuestra existencia se desplomó luego de avisar por años que ya no daba para más. Era como oír los crujidos de una vieja casa de madera que había perdido las vigas del techo, y algún que otro cimiento. Aunque todos sabíamos que iba a caer, permanecimos inmutables como quien se encomienda a un milagro.

Entonces apareció el período especial. Y cuando más nos azotaba a casi todos, era común oír la frase “SE cometieron errores”. Pero mientras algunos jamás padecieron hambre y otros nos bandeábamos bastante bien, gran parte de los pobladores de la isla  se ahogaba en las penurias y las carencias que el tal SE  no logró prever. Fue la época de las destituciones laterales: con un poco de paciencia todo se había olvidado, y los destituidos volvían a su cargo.

Una y otra vez los ciclos repetidos, las decisiones tomadas sin el necesario estudio o entendimiento real de la situación. Una y otra vez el pueblo pagando las consecuencias mientras nos pedían (aún) resistir, tener fe, porque ya casi estamos donde queríamos... como si repetir la frase la convirtiera en un conjuro para que aconteciera.

Y yo me pregunto, ¿con qué gafas entintadas miran estas personas que no ven? Pues con la ceguera voluntaria de quien elige no saber. Porque luego de tantas esperanzas vanas y de tantas ilusiones rotas, de dónde sacar fuerzas para este nuevo ciclo de errores. Los cubanos tenemos que lidiar con el coronavirus, con el bloqueo, con la inconsciencia, con la economía inexistente, y con la cortedad de luces de un personaje misterioso al que llaman SE...

Dice mi maestro zen que donde hay aprendizaje no hay error.  Pero en la isla el proceso de aprendizaje está obsoleto, detenido en el tiempo. El camino de las disculpas sí que lo dominamos. Y ese ente invisible, omnipotente, medio burro e impersonal que siempre se equivoca y no aprende,  habla en plural cuando le conviene, yerra en nombre de todos, y se aprovecha en primera persona del singular, no tiene idea del daño que hace, o no le interesa.

Muchos excusan a quienes nos dirigen diciendo que no sabían, cuando saber es la mayor responsabilidad de un guía. Y si usted no sabe, no entiende, o no puede, deténgase, pregunte, o deje su lugar a alguien en mejores condiciones. Si no tiene lucidez, tenga al menos vergüenza. 

viernes, 8 de enero de 2021

Vocación kamikaze

mar_de_cuba

El segundo día del año me fui un rato al mar. A caminar sobre la arena mojada, a respirar ese aire de sal que lo limpia a uno del peso de la vida en medio de una ciudad empobrecida. La playa estaba llena de gente. Había chicos jugando al fútbol, infantes corriendo por la yerba perseguidos por sus padres, gente mojando sus tobillos en la orilla. 

Por unos minutos todo parecía en orden. No había nasobucos, coronavirus, escasez alimentaria ni economía deprimida. No había clases sociales, ni incertidumbre financiera, ni vecinos vigilando por sobre el hombro, trabajando como informantes del gobierno. Había risas, esa energía jovial que nace  de estar a gusto con la vida, a tono con el orden cósmico que hace que el sol salga y se ponga para todos, aunque para cada quien a un tiempo diferente.

Fui por unos minutos y me quedé más de una hora. ¿Quién querría voluntariamente abandonar este pequeño paraíso? Pero la vida cotidiana nos reclama. Hay que regresar al hogar, lidiar con la carencias, con el ruido de una urbe incivilizada y caótica. En el camino a casa encontré gente en los bares, con la algarabía propia de las tardes de sábado en que la gente común sale a desestresar de la semana de trabajo. Pero la alegría no era igual que la de unos minutos antes.

Con la soga al cuello uno suele vivir no sólo como si no hubiera mañana, sino como si tampoco hubiera presente. Por años he visto la ciudad entrar en esta inercia de ahogar las penas en baile y cerveza.  Como si la única respuesta a años de vivir de bandazo en bandazo fuera inventarse una fiesta interminable que nos mantiene alejados de los problemas acuciantes. Porque eso es lo que hacemos: tomar y bailar hasta la desmemoria y la indolencia.

No tengo intención de criticar a los cubanos por rendirnos. Cuando la vida es tan difícil e incierta a veces es mejor simplemente no ofrecer resistencia y asegurarse la próxima bocanada de aire. Pero de suspiro en suspiro  nos hemos quedado sin palabras que decir... sin razones que oponer a la sinrazón que nos gobierna, sin derechos que ejercer, ni conciencia de que tenemos derechos.

Pareciera que todo aquel que nada contra la corriente tiene una cierta vocación kamikaze. Los amigos y parientes nos miran como si fuéramos locos o suicidas. Como si hubiéramos olvidado los instintos más elementales de supervivencia. Pero nadie se percata de que es peor inflarse a alcohol y gastar la vida como si se tratara de un regalo que en realidad no te interesa. ¿Para qué queremos una vida simplemente dedicada al olvido y al sometimiento?

Habría que tener ganas de morir para plantarle cara al gobierno. Habría que tener ganas de desaparecer entre las calumnias, las amenazas, la vigilancia, y el cierre de esas puertas figuradas que nos permiten el acceso a puestos de trabajo como si fueran un privilegio. Pero quienes se han acostumbrado a morir durante años van perdiedo el miedo, y algunos hace rato ya que saludamos al césar con más insolencia que respeto.

martes, 5 de enero de 2021

Falsas esperanzas

 


Hace apenas unos días  una patrulla cargó con un vecino. No hubo bronca, no parecía que estuviera vendiendo o comprando nada, no estaba protestando, y no se resistió al arresto.  Los pocos que de casualidad vimos cómo se lo llevaban nos preguntamos qué había pasado. La familia ni siquiera supo que se lo habían llevado. Se enteraron cuando alguien preguntó.

Después, como pasa en casi cualquier barrio, hubo mucho de especulación sobre el asunto. Hasta que la verdadera razón salió a la luz: estaba intentando poner en su cuenta de banco unos dólares falsos. Vamos a suponer, como es justo, que mi vecino es inocente, que actuó de buena fe. Habría que presuponer que es idiota si concientemente entró al banco con dinero falso. Pero ése no es el punto.

¿Cómo va a reconocer el cubano de a pie la legitimidad de una moneda que no es propia? ¿Cómo va a garantizar que la moneda que compra en el mercado negro no es falsa? No puede. ¿Y qué va a pasar cuando intente depositar unos cuantos billetes verdes, luego de sacrificar sus ahorros en moneda nacional para comprar a sobreprecio? Pues que habrá cometido más de un delito en el intento.

Una vez más en Cuba la ley obliga al ciudadano a delinquir. Y nadie se asombra. Y el estado no asume que es su responsabilidad educar una nación en la burla cotidiana de la ley. Cuando la vida transcurre en dirección opuesta a la razón y la lógica de la supervivencia prima, perdemos todos.

Mientras tanto más de una familia teme lo que pueda pasar si esta desbandada de venderlo todo en moneda extranjera continúa. Mi vecino no ha vuelto a su casa, o al menos nadie lo ha visto más. Su esposa y su niño pequeño lo echarán en falta. Y no sólo porque ahora que todos los precios suben hay un salario menos con el cual contar. De la nada, y sin poder opinar al respecto, su familia sufre las consecuencias de una medida económica que los fuerza a comprar de contrabando, a inventar.

Algunos dirán que las medidas están justificadas, y que en tiempos tan difíciles no siempre se puede esperar por el criterio popular. Sólo este pensamiento debía decirnos cuán lejos estamos de entender un gobierno para todos. En medio de toda esta campaña por ver quién ostenta el poder, y quién lo conserva o lo gana, los medios oficiales deslegitiman a cualquiera que se atreva a oponerse y opinar. Cientos de personas que, como yo, simplemente escriben o dicen lo que sienten, son acusadas de estar al servicio de una mafia. Pero mis ahorros son prácticamente inexistentes, y mis bienes apuntan a una clase media no muy acomodada. Así que sólo me queda preguntar:  ese patrocinador capitalista que paga a la gente por tener una opinión propia ¿dónde está?

domingo, 3 de enero de 2021

El pan nuestro de cada día


Desde los primeros días del imperio romano el pan ha sido un alimento imprescindible en la dieta de occidente. Las culturas se han mezclado y la cocina ha resultado favorecida en todas partes. Pero el pan no se ha movido de sitio en nuestra mesa. Lo comen los ricos, los pobres, los veganos, y hasta los celíacos  han encontrado la manera de mantener viva esta parte de su identidad social, retomando los panes de cebada y centeno de la Edad Media.

Por eso cuando el precio del pan se dispara hay incertidumbre y malestar. Desde el primero de enero el precio del pan en Cuba subió tanto que bien puede tocar el cielo. Y no hablo de panes especiales, de lujo, amasados y cocidos por expertos. Hablo del pan nuestro de cada día, el que vendían en la bodega a cinco centavos cada uno.

Durante años nos quejamos de su mala calidad, del peso impreciso, de que estaba crudo o demasiado horneado. Pero fue el sustento de miles de ancianos que lo esperaban desde muy temprano en la mañana y salían de la cola cayéndole a mordidas. Así, a secas, porque para muchos era todo el desayuno que tenían. Y ahora venden este mismo pan a un peso.

Quizá alguien piense que no es tanto. Y en sus matemáticas apuradas diga que no es valor tan alto para un desayuno exiguo. Pero ha multiplicado veinte veces su valor en medio de un tarifazo que pone por el techo también la mayoría de los productos de la canasta básica.... y la electricidad, y el teléfono, y el gas licuado. Las leyes físicas relativas a nuestro universo no mienten. Para que haya equilibrio tiene que haber un descenso por cada subida: y así ha sido.

Mientras los precios se disparan somos menos felices, menos ingenuos, y tenemos menos fuerzas para enfrentarnos a este cuento de hadas que ha devenido en thriller de humor negro. En la ciudad se siente la tensión latente, el comentario insatisfecho. Ayer salí a caminar y elegí calles de poco tráfico. En la intimidad de uno de esos callejones donde los niños juegan fútbol en medio de la vía estrecha encontré un pan atado a una cerca, bajo un letrero. Es my cubana esa protesta jocosa, irreverente, pero también tímida, con miedo a las consecuencias.

Esta vez el autor se acercó con una risa nerviosa, reclamó como suya la obra, y posó para la foto. No sé si terminaremos todos juntos en una invocación al dios del trigo para que venga a socorrernos, o languideceremos como las civilizaciones antiguas que perdieron su razón de ser. Quién sabe si, como los legionarios, diremos que hay cosas que el estado no puede tocarle al hombre común y corriente. Porque el pan no es sólo el alimento del pobre, recordemos que su ausencia fue el símbolo de la caída de un imperio.

viernes, 1 de enero de 2021

Crónica de una muerte prematura


La felicidad es de quienes entienden que la vida, y todo cuanto ocurre en ella, es efímera. Pasan los días, los amores surgen y desaparecen, los amigos se mudan, y las bicicletas terminan ponchadas en un rinconcito de la sala. Es así y es parte de la magia. Pero algunas cosas vienen con la fecha de caducidad tan a la vista que sería imprudente no reconocerla...

Imagina que llevas una venda en los ojos mientras caminas por un pasillo recién fregado, con una mano atada a la espalda y una bandeja de cristal llena de magdalenas. Sería absurdo pensar que no vas a resbalar. O que la mano libre no se inclinará siquiera. Es posible, pero poco probable que acontezca. Por eso quizás me maravillan quienes ven los cambios que se producen en la isla como una mala sorpresa. A pesar de la algarabía de los inicios, y de la cuota sincera de felicidad, era evidente  que algo no estaba del todo bien desde el comienzo de esta historia hace más de sesenta años.

La noción de la república nueva nacía lastrada. Algunos no cabían en el cuento de hadas que la isla y su revolución habían planeado. No era una buena historia para las putas, los homosexuales, los religiosos, los artistas con ideas propias, o quienes entendían la política desde la acera contraria. Con mucho maquillaje y algunas expulsiones tristes, como la del mariel, la nueva era se fue despojando de todo aquello que no la hacía feliz.

Familias separadas, amargura, la tristeza de la patria que se ve repartida en pedazos por el mundo.  Los hijos renegando de la tierra, y la tierra sorda a las súplicas de quienes sospechaban que mucho habría aún de padecerse. Con la inercia inicial se caminó bastante. Se hizo la luz en muchas lomas, y bajo el ala soviética los isleños crecimos, o al menos engordamos al son de las compotas y las manzanas acarameladas. Pero un hijo que no avanza es un lastre muy pesado para la democracia, y la época soviética dio paso a la rusa, menos interesada en patrocinar.

Y lentamente se fueron desvaneciendo las ventajas y la supuesta igualdad mostró sus primeras grietas. Primero fueron  cambios sutiles, concesiones pequeñas que podían pasar inadvertidas. Hasta que la economía capitalista nos dio a todos una bofetada de realidad. De las conquistas de la revolución queda muy poco. La memoria de una batalla épica contra el analfabetismo, la intención de proporcionar un sistema gartuito de educación y atención primaria de salud; y la bastante efectiva labor de la defensa civil en épocas de tormentas. El resto se ha quedado en la consigna..

Pero habría que ser ciego para no ver que el papalote se estaba yendo a bolina, o que algunas semillas estaban podridas aún antes de llegar a la cima del árbol.Y no se trata de mal augurio ni, como quieren acusarnos, de falta de fe y esperanza.  Es más bien una cuestión elemental de física mecánica: todo lo que sube, baja. Aunque sólo se trate de una columna de humo, una promesa, o la simple memoria de una gota de rocío que se soñaba lluvia..

domingo, 27 de diciembre de 2020

Los santos inocentes


Ya casi es 28 de diciembre y me viene a la memoria la chanza de cada año. En la familia siempre nos gastamos bromas en esta fecha, aún cuando somos más del tipo estoico. Es quizá uno de los pocos momentos en que hacer el tonto está bien, y la carcajada general no hiere a nadie. Y aunque el hecho que motivó la celebración es bastante sangriento, me parece perfecto que haya evolucionado hacia esta suerte de festival de los papelazos que nos hace reír como niños. 

La ingenuidad es un don que perdemos mientras la infancia se termina. Aprendemos a mentir, a calcular, a salvarnos el pellejo. Mucha gente lo llama madurar. Para mí es una de esas muertes absurdas, que ocurren a destiempo y nos roban la posibilidad de ser más empáticos y compasivos. Pero hay que crecer, hacerse adulto, prepararse para los tropezones y las trampas de la vida en sociedad. La selección natural de Darwin también funciona en la jungla de cemento.

Por casi sesenta años los cubanos han mantenido una lucha brutal por preservar la ingenuidad. Hemos creído en las palabras, en los discursos, en la materialización de las ideas. Muchos, la mayoría, cantamos canciones a la Patria y juntamos las manos para celebrar las pequeñas conquistas. Al menos por un tiempo. Y luego empezamos a crecer y vimos la otra parte de la historia.

Sentir en la propia piel las consecuencias de la fe injustificada debía habernos servido de alerta en los noventa. La escasez, la fragmentación de la familia, el exilio de tantos. Y el discurso que empezó a cambiar. No era para todos, no era con todos, no era por amor. Sin embargo seguimos siendo ingenuos, al menos algunos lo siguieron siendo. Puede que no tuvieran fuerzas para despertar a esa altura del partido y con todo arriesgado en una sola apuesta.

Pero este es un año peculiar, al menos en Cuba. El ciclo se ha repetido en tan corto plazo que no nos ha dado tiempo a recuperarnos. La bonanza fue efímera y no tocó todos los puertos. La apertura camufló la entrada a una jaula más grande, mejor equipada, con más libertad de pequeños movimientos y sin opción real para el cambio que necesitamos.

No se puede decir que nos engañaron. No sería justo culpar simplemente al poder. Hemos desarrollado el temor a ser huérfanos aún cuando vivimos bajo el mandato de un padre abusivo. A los isleños de más de sesenta les aterra quedarse solos, sin que nadie les diga qué hacer. A los de cuarenta nos basta con muy poco: el sueño de un negocio pequeño, un automóvil, las vacaciones de siempre en un hotel.

Pero los jóvenes están empezando a hartarse. No han vivido más que promesas rotas y prohibiciones. Crecieron sin educación cívica, sin utopías, acostumbrados a que los padres lucharan por sobrevivir. Y no les gusta el cuento que les quieren contar esta vez. Sin mucha algarabía, con esa desidia propia de su generación, están cortando el lazo que les pusieron al nacer. Los encargados de armar la novela van a tener que esforzarse; o al menos cambiar la trama y los personajes porque el año casi se termina pero no hay final feliz.

Mañana es el día de los santos inocentes. No sé, quién quita que toda esta mascarada no sea sino una broma, un montaje que están a punto de revelar para hacernos estallar en carcajadas. Porque si está claro que en la isla el humor nos ha salvado muchas veces del dolor y la tristeza de esta vida que llevamos, también es evidente que esta vez no bastará con rendirnos a la risa. Como dijera Picasso mientras crecía para convertirse en el monstruo que finalmente fue: mi consuelo es que todo está tan mal, que difícilmente pueda ir a peor. O eso quiero creer. Debe ser que yo también tengo madera de ingenua...

martes, 15 de diciembre de 2020

Cuando se vaya la luz mi negra

 



Si conoces la canción seguro sabes qué sigue. Pero si es tu primer encuentro con la letra de este tema, déjame decirte que la isla sigue a oscuras. Y no sólo por los apagones, que los hay y los habrá peores. La isla no avanza, no mejora, no sale del atascadero. En los últimos treinta años hemos vivido en una noria rústica y desvencijada.

Cuando el socialismo ruso se fue a pique nos montamos en el tren del dólar americano. Tuvimos tiendas en dólares, venta de dólares en las casas de cambio, y remesas en forma de salvavidas. El sueño americano se instaló frente a los crim 218 y se hizo un lugar entre las esperanzas de la gente común. Era un mal sueño, con demasiada nieve, con muy poco de conga y casi nada de azúcar morena. Pero infló las velas y remamos. Por casi diez años fue legal, y parecía bueno.

Pero de arriba (ese misterioso lugar), alguien vio que en realidad era un espejismo. Nuestra moneda no valía, nuestra economía no había florecido, y la vida era una receta para el desastre. Como somos creativos inventamos el CUC. Una moneda que servía de intermediaria. Una suerte de traductora entre el dólar y nuestro demacrado peso cubano. Bailamos. Reímos. Fuimos el único país del mundo capaz de ser feliz con tres monedas de curso legal.

Pero la gravedad hizo lo suyo y de arriba siguieron lloviendo ideas, estudios, conclusiones. Tener tres monedas aumentaba la inflación y era un descalabro. Los economistas no sabían qué hacer. Los bancos no sabían qué hacer. La gente en la calle no sabía qué hacer. Borramos el dólar de la vida,  como si nunca hubiera existido. Y empezamos con la política del sobreviviente. Quienes trabajaban  con comida empezaron a hurtarla y venderla en el mercado negro. Los que trabajaban en almacenes médicos hacían de narcotraficantes familiares. Los obreros de la construcción cargaban su saco de cemento al hombro.

Y la economía de vacaciones. La agricultura se deprimió tanto que se fue a vivir a otro sitio. La industria se dio cuenta de que no había sitio para ella y se abandonó completamente a su suerte. Pero el trueque funcionaba entre la clase media. Los pobres siguieron en su pobreza, y los ricos... bueno... los ricos seguían con sus ideas.

Llegó el 2020 en un resumen apurado de la historia. No hay dinero para comprar nada y la danza de los millones perdió el maquillaje. De arriba volvieron a invocar el dólar americano. Pero ahora es un club más selecto. No lo venden en las casas de cambio, y el banco sólo firma la tarjeta de entrada: no hay moneda extranjera para vender.

Abren las tiendas exclusivamente en dólares, y por tarjeta, para que no tengas que ensuciarte las manos con la moneda del imperio. Suben los salarios pero nunca a la par de los precios. La vida por los humildes y para los humildes cae en picada. Nos protegen de nuestros miedos y de la violencia sugiriéndonos que no salgamos de nuestras casas. Pende en el aire la frase lapidaria de los césares: conmigo o contra mí. Y en los noticieros de  televisión se proyecta un drama soso o alguna pijamada.

Pareciera que esta vez es la vez, que el hombre del saco creó una alianza con Pandora y juntos decidieron liberar a todos los demonios.  Pero  la historia está a medio camino aún. Falta mucho que perder para que nos demos cuenta que llevamos tiempo a oscuras. Los despertares son siempre más difíciles cuando el sueño ha durado demasiado. Pasará, eventualmente, porque andamos a gatas, a ciegas, y a trompicones. O como decimos en buen cubano, llevamos siglos sin ver la luz.

viernes, 17 de junio de 2011

El primer tren hacia la dicha

Corría el 16 de agosto de 1863 y los vecinos de esta ciudad de Matanzas se apostaban para ver pasar, majestuosa, a la locomotora La Junta de Fomento en el primer tramo de su luego habitual recorrido hasta el poblado Sabanilla del Encomendador.
Apenas un día después del estreno público de La Junta, el periódico matancero La Aurora daba fe de vida de esta locomotora que hoy se conserva en el museo nacional del ferrocarril como la más antigua de Cuba: “Ayer ha sido un día de júbilo para los amantes del progreso y el bienestar de Matanzas.
Desde las 4 de la tarde, una concurrencia numerosa ocupaba ya la plazoleta y cercanías del taller del Camino de Hierro. La columna de humo que se levantaba de la chimenea del magnífico locomotor JUNTA DE FOMENTO, que se hallaba engalanado con banderas nacionales, anunciaba la proximidad de la partida de un tren: de un paseo de fiesta.”
10902 Inmueble que abarca las calles San Andrés y San Sebastián. Antigua Estación de Sabanilla hoy convertida en viviendas y sometida a reparación.
El paseo, de apenas quince minutos y cinco millas, resultó un acontecimiento pintoresco que aprovecharon las familias yumurinas para salir de casa y, resistiendo la canícula de agosto, celebrar la llegada del progreso que esta vez llegaba vestido de hierro.
La máquina, comprada en Estados Unidos a finales de 1842 o principios de 1843 por el precio de 6700 dólares, conserva la mayoría de sus elementos originales aunque deteriorados por el uso y la exhibición al aire libre.
Una deuda tiene la historia con La Junta, la de develar ese misterio que la ronda y que, de ser cierto, la convertiría en la locomotora que inauguró la primera Terminal en Iberoamérica, construida en la segunda mitad de la década del cuarenta del siglo diecinueve.
Otro feliz suceso, el nacimiento ese mismo día del poeta José Jacinto Milanés, hace de la fecha un hito en la historia y la cultura de esta ciudad, pionera en las artes, las ciencias, y musa inigualable de escritores que son reconocidos como lo mejor de la literatura nacional.