martes, 15 de diciembre de 2020

Cuando se vaya la luz mi negra

 



Si conoces la canción seguro sabes qué sigue. Pero si es tu primer encuentro con la letra de este tema, déjame decirte que la isla sigue a oscuras. Y no sólo por los apagones, que los hay y los habrá peores. La isla no avanza, no mejora, no sale del atascadero. En los últimos treinta años hemos vivido en una noria rústica y desvencijada.

Cuando el socialismo ruso se fue a pique nos montamos en el tren del dólar americano. Tuvimos tiendas en dólares, venta de dólares en las casas de cambio, y remesas en forma de salvavidas. El sueño americano se instaló frente a los crim 218 y se hizo un lugar entre las esperanzas de la gente común. Era un mal sueño, con demasiada nieve, con muy poco de conga y casi nada de azúcar morena. Pero infló las velas y remamos. Por casi diez años fue legal, y parecía bueno.

Pero de arriba (ese misterioso lugar), alguien vio que en realidad era un espejismo. Nuestra moneda no valía, nuestra economía no había florecido, y la vida era una receta para el desastre. Como somos creativos inventamos el CUC. Una moneda que servía de intermediaria. Una suerte de traductora entre el dólar y nuestro demacrado peso cubano. Bailamos. Reímos. Fuimos el único país del mundo capaz de ser feliz con tres monedas de curso legal.

Pero la gravedad hizo lo suyo y de arriba siguieron lloviendo ideas, estudios, conclusiones. Tener tres monedas aumentaba la inflación y era un descalabro. Los economistas no sabían qué hacer. Los bancos no sabían qué hacer. La gente en la calle no sabía qué hacer. Borramos el dólar de la vida,  como si nunca hubiera existido. Y empezamos con la política del sobreviviente. Quienes trabajaban  con comida empezaron a hurtarla y venderla en el mercado negro. Los que trabajaban en almacenes médicos hacían de narcotraficantes familiares. Los obreros de la construcción cargaban su saco de cemento al hombro.

Y la economía de vacaciones. La agricultura se deprimió tanto que se fue a vivir a otro sitio. La industria se dio cuenta de que no había sitio para ella y se abandonó completamente a su suerte. Pero el trueque funcionaba entre la clase media. Los pobres siguieron en su pobreza, y los ricos... bueno... los ricos seguían con sus ideas.

Llegó el 2020 en un resumen apurado de la historia. No hay dinero para comprar nada y la danza de los millones perdió el maquillaje. De arriba volvieron a invocar el dólar americano. Pero ahora es un club más selecto. No lo venden en las casas de cambio, y el banco sólo firma la tarjeta de entrada: no hay moneda extranjera para vender.

Abren las tiendas exclusivamente en dólares, y por tarjeta, para que no tengas que ensuciarte las manos con la moneda del imperio. Suben los salarios pero nunca a la par de los precios. La vida por los humildes y para los humildes cae en picada. Nos protegen de nuestros miedos y de la violencia sugiriéndonos que no salgamos de nuestras casas. Pende en el aire la frase lapidaria de los césares: conmigo o contra mí. Y en los noticieros de  televisión se proyecta un drama soso o alguna pijamada.

Pareciera que esta vez es la vez, que el hombre del saco creó una alianza con Pandora y juntos decidieron liberar a todos los demonios.  Pero  la historia está a medio camino aún. Falta mucho que perder para que nos demos cuenta que llevamos tiempo a oscuras. Los despertares son siempre más difíciles cuando el sueño ha durado demasiado. Pasará, eventualmente, porque andamos a gatas, a ciegas, y a trompicones. O como decimos en buen cubano, llevamos siglos sin ver la luz.

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