martes, 15 de julio de 2025

Miramar y los mendigos


 La señora ministra ha hablado.. En una total desconexión con la realidad de Cuba y frente a sus pares que la escucharon divagar, mentir, recrear una novela donde la maldad y el infortunio son siempre un factor externo, ella ha alzado su voz llena de soberbia para acusar y vulnerar aún más a quienes sufren. Ha mirado el mundo desde la comodidad de su vida sin limitaciones, de su carro, sus lujos, su falta de empatía, su tremendísima impunidad como funcionaria de un gobierno que, hasta hoy, lo único que ha hecho sin fallar es cuidarse las espaldas aún a ritmo de condenas injustas, represiones, y amenazas.

No hay mucho o nada que decir porque la realidad es explícita y abrumadora. Lejos de Miramar y los mansiones de lujo la isla se cae a pedazos. De los balcones que aún siguen en pie se ve salir el humo del carbón que ahora es privilegio de quienes aún pueden permitirse cocinar a diario, y comer. Las esquinas están llenas de basura tan longeva que casi pudiera celebrar aniversario. 

Y allí, en medio de esa basura añeja, invisibles para aquellos que han prometido cuidar de ellos, están los hombres y mujeres, los niños, los ancianos, los enfermos mentales, los vagabundos, los mendigos. No los ven porque para ellos son parte del mismo paisaje. Los seres humanos que ellos alcanzan a ver visten ropas de marca, cenan en hoteles y restaurantes, se transportan en cómodos carros. No los ven porque para ellos no existen, son una desgracia que les afea y les ensucia la telenovela. Son como un mosquito incómodo que sería preferible exterminar.

No es que Cuba no esté viviendo bajo los limites de pobreza, es que estamos hablando de dos islas distintas, de dos mundos diferentes. Los gobernantes cubanos se victimizan para no ver la realidad que han creado. Han elegido la ceguera, la sordera, la infamia. Han elegido la ignominia , y parecen felices en ella. 


...

Foto de Carlos Isdier Díaz. 

lunes, 9 de junio de 2025

La patineta en Cuba


Hay un chiste que define la realidad cubana. Es, como todo buen chiste, una fotografía amarga e irónica de la realidad. Cuando era una adolescente y ya estábamos acostumbrados a las amenazas, la falta de libertades civiles, y la constante espada de Damocles sobre nuestras cabezas, recuerdo que respondíamos con una frase muy sencilla cada vez que decían piensa en lo que puedes perder si sigues así, ya sabes lo que les pasa a los que orinan contra el ventilador. Y la respuesta siempre era la misma: ¿qué me vas a quitar, la patineta?.

Con esta mentalidad y este pequeño alivio sobrevivimos por décadas. Fuimos a la playa, a los carnavales, al estadio de pelota, al dominó en el parque de la esquina, y a tomarnos una botella en el malecón. Fuimos felices y un poco rebeldes, aún entre las carencias, las intimidaciones, y las excusas. Pero la tecnología modificó el mundo, lo abrió de repente, puso una ventana donde antes había un agujerito o una pared.

Los adultos enseguida vimos las ventajas. Adaptamos nuestra vida a la tecnología y empezamos a sumergirnos en la virtualidad de este nuevo mundo. Redes sociales, compras online, reencuentros con amigos, estudios de postgrado, y hasta proyectos para encontrar una oportunidad fuera de la isla. Los más jóvenes se sumergieron de un salto en esta nueva forma de vida. Pero los niños, ellos nacieron con un teléfono en la mano y el mundo en un bolsillo.

Nuestros niños crecieron entre iPods, teléfonos móviles, juegos online, y clases virtuales. Los criticamos porque pasaban todo el día conectados. Mostramos descontento porque no sabían de ninguna otra cosa. Nos desesperamos porque estaban perdiendo el tiempo y, a nuestros ojos, la vida. Hasta que llegó una época peor. Las carencias son tantas en la isla que un plato de comida es un lujo y una hora de electricidad, un milagro. 

Los adultos, los ancianos, volvieron a adaptarse; volvieron a buscar consuelo en el dominó, en la esperanza de que no hay mal que dure cien años, y a recordar que no se puede perder la cabeza, porque es mejor doblar la rodilla que enderezar la conciencia. A fin de cuentas todavía era posible el consuelo Whatsapp, Facebook, o un reel de Instagram para desconectar.  

Eventualmente también quitaron eso. La responsabilidad es siempre de alguien intangible, alguien que desde fuera maldice al pueblo de Cuba. Entonces los niños, los que sólo saben jugar en el teléfono, los que tienen una laptop como extensión de su anatomía dijeron ya está bien. Nos han quitado por años la esperanza, la posibilidad de soñar con un futuro, el chance de construir un presente a la medida de nuestros deseos y necesidades, pero ahora nos han quitado también la ilusión. 

Los niños, nuestros niños cubanos, han encontrado el límite de lo que quieren soportar. Empezó como una pequeña muestra de descontento, una protesta porque no pueden vivir la vida, bastante limitada, a la que estaban acostumbrados. Y les dijeron como dicen siempre: es culpa de otro, aguanta, calla, resiste. La gente en el poder pensó que sería como siempre porque el miedo es un aliado poderoso y la costumbre se vuelve un estilo de vida. Y los niños dijeron no. Dijeron ya está bien, no sólo queremos la ilusión, ahora también queremos una vida. 

Quienes gobiernan y quienes se aseguran que los gobernantes permanezcan donde están, siguen tratando de amedrentar a los niños que ahora ya son universitarios. Les están diciendo que no pueden orinar contra el ventilador. El mundo cambió pero las tácticas de control siguen siendo las mismas. Los adultos todavía saben bajar la cabeza y quieren cuidar el trabajo, la casa, la pequeña libertad. Los universitarios ya no quieren preguntar porque resulta que también les quitaron la patineta.

Puedes tocarle todo a un ser humano, o casi todo, pero no lo puedes poner a vivir en lo oscuro y prohibirle también tener una ilusión. Porque cuando ya no queda nada, el grito que se había atorado sale, y crece. Veremos ahora si los adultos que dicen que estos jóvenes no saber sino jugar en sus teléfonos van a recordar cómo es vivir sintiendo respeto por uno mismo, sin patineta, pero de cara al sol.

lunes, 8 de febrero de 2021

La libertad, la ley, y el cuento.

 


Creo firmemente en la libertad. Creo en la vida plena, en el cambio que se produce desde el interior de nosotros mismos y que revoluciona toda nuestra existencia. Creo que nadie puede darme o quitarme esa posibilidad, y que sólo depende de mi esfuerzo realizar esta sabiduría para una vida más allá de los límites de una existencia simplemente humana.

Pero en el intermedio, y como ser social, creo también en los derechos civiles y su función para garantizar que la vida sea equitativa, cuando no justa. Quizás por eso me molesta sobremanera que la libertad se haya vuelto una consigna repetida, una justificación para apabullar a quienes son minoría.

Con la excusa de que el pueblo no está listo para entender algunas situaciones o decidir sobre asuntos vitales de la sociedad, nos han negado el derecho a crecer. Las decisiones más importantes se toman a nuestras espaldas. Y luego, de la nada, tenemos una nueva ley.

Luego está el asunto de que el mero hecho de ser ley no hace que lo legislado sea correcto. Veamos, por ejemplo, el código de familia cubano. Es absurdo que en un estado laico se esgrima una razón de índole religiosa para frenar el cambio. Es absurdo y profundamente discriminatorio.

A usted puede parecerle bien o mal que dos personas del mismo sexo formen una familia y quieran legalizar su vínculo, y ése es su criterio. Pero la ley no está al servicio de un grupo de personas, o no debía estarlo. Para que sea justa, debía comprender a todos los ciudadanos, sin distingos ni excepciones.

Si existe la posibilidad de establecer un matrimonio civil (que en esencia es también un contrato civil) para un por ciento de la población, debía existir para todos. Y que las razones que lo impidan se refieran a la incapacidad de un adulto para determinar el alcance de las acciones que realiza, no al hecho de que estas no agraden a unos cuantos.

En qué lacera a la sociedad el matrimonio como derecho para todos: en nada. Que una parte de los ciudadanos no encuentre respaldo legal a su estatus sólo significa que la ley es obsoleta, que ha perdido su valor como medio para regular la vida.

No puede haber libertad mermada y castrada. No puede haber promesa de libertad, ni condiciones para que esta exista. No puede ser un privilegio de unos pocos. Y, definitivamente, no puede una porción de hombres aferrados al poder determinar su cuantía, ni su existencia.

Partiendo de ahí, ¿cómo crees que le vaya a la Constitución si le echamos un vistazo?

jueves, 28 de enero de 2021

Pan y circo


Justo en el día de la celebración del natalicio de Martí pienso en su frase “viví en el monstruo y le conozco las entrañas”. Cada quien tomará la sentencia y la pondrá en su contexto. Cada uno de nosotros sentirá que la dijo para la circunstancia específica que está viviendo. Algunos culparán a los yanquis, otros a los cubanos demasiado enamorados del poder, y unos últimos quizás a la sociedad humana en general.

Lo cierto es que cada persona ha lidiado en su vida con un monstruo cercano, familiar, íntimo. Y espera que poder decirlo sea su derecho, aún si tiene o no una historia que otros compartan o validen. Qué clase de mundo es este en que un ser humano no puede expresarse libremente, tener una opinión, disentir. Uno jodido....

Pasa una vez más que algunos cubanos  sienten como suyo el derecho natural de pensar por sí mismos. Y pasa que la ley los condena por ello. En cuba es ilegal protestar y no estar de acuerdo. Es ilegal decir algo contrario al poder. Y para que el miedo sea razón más convincente que la ley, nuestros líderes inventaron hace mucho la amenaza solapada y el acto de repudio.

Pienso en el emperador japonés, tan intocable como alguno de nuestros dirigentes, pero con la difícil tarea de ser sólo un ejemplo impoluto de conducta, sin intervenir en ningún asunto mundano que pudiera ensuciar su ejemplo.  Si nuestros ministros salen a la calle a liarse a golpes y trompadas, qué nos queda esperar para los barrios más populares de la isla, allí donde un grito ofensivo marcaba el incicio de una enemistad de años. Que nadie diga que este árbol no dio buenos frutos, digamos mejor que las termitas habían minado el tronco, las ramas, y hecho un buen nido en las raíces.

¿Por qué no pueden los jóvenes cubanos ser parte del proceso de creación del país en que viven? ¿Por qué un grupito que lleva repitiendo los mismos patrones desde hace 60 años, sin que cambie el resultado, puede ser árbitro de nuestro tiempo? ¿ Por qué han cerrado tanto las paredes de esta isla que muchos sentimos que estamos presos? ¿Quién les ha dado permiso para que la patria sea definida a través de la política? ¿Cómo puede ser justo que a una palabra se responda con la fuerza, y a quienes hablan se les tiren encima los perros?

Es sabido que Roma entrenía a sus ciudadanos. Y que lo hacía como una medida para desviar la atención sobre asuntos de vital importancia que ponían en peligro el statu quo. Así que puedo entender que, siguiendo ese ejemplo, una protesta pacífica se convierta en show. Pero los emperadores romanos no hacían grandes eventos de lucha y competencia sin poner sobre la mesa mucha comida. El dicho nos recuerda que el corazón contento lleva también una barriga llena. Entonces pienso en lo que ha pasado este 27 de enero y me digo que el circo ya lo tenemos, sólo nos falta saber ¿el pan para cuándo?.

domingo, 24 de enero de 2021

Errar es...cubano (o la historia de SE)


¿Cuántas veces hemos oído los cubanos aquello de “se han cometido errores”? El famoso SE, que es quien toma las decisiones en representación del pueblo, no tiene rostro conocido, ni asume las consecuencias de sus acciones. Y ahí está: intacto, rozagante, listo para equivocarse de nuevo y reírse mientras enumera  entre chanzas sus desaciertos. La historia que cuentan no es nueva, ni tampoco los somos los oyentes.

En los noventa llegó el proceso de rectificación de errores, con su nombre cursi y medio rimbombante. Prometía, como siempre pasa, enderezar el tronco de este árbol tan torcido. Pero el campo socialista en el que descansaba nuestra existencia se desplomó luego de avisar por años que ya no daba para más. Era como oír los crujidos de una vieja casa de madera que había perdido las vigas del techo, y algún que otro cimiento. Aunque todos sabíamos que iba a caer, permanecimos inmutables como quien se encomienda a un milagro.

Entonces apareció el período especial. Y cuando más nos azotaba a casi todos, era común oír la frase “SE cometieron errores”. Pero mientras algunos jamás padecieron hambre y otros nos bandeábamos bastante bien, gran parte de los pobladores de la isla  se ahogaba en las penurias y las carencias que el tal SE  no logró prever. Fue la época de las destituciones laterales: con un poco de paciencia todo se había olvidado, y los destituidos volvían a su cargo.

Una y otra vez los ciclos repetidos, las decisiones tomadas sin el necesario estudio o entendimiento real de la situación. Una y otra vez el pueblo pagando las consecuencias mientras nos pedían (aún) resistir, tener fe, porque ya casi estamos donde queríamos... como si repetir la frase la convirtiera en un conjuro para que aconteciera.

Y yo me pregunto, ¿con qué gafas entintadas miran estas personas que no ven? Pues con la ceguera voluntaria de quien elige no saber. Porque luego de tantas esperanzas vanas y de tantas ilusiones rotas, de dónde sacar fuerzas para este nuevo ciclo de errores. Los cubanos tenemos que lidiar con el coronavirus, con el bloqueo, con la inconsciencia, con la economía inexistente, y con la cortedad de luces de un personaje misterioso al que llaman SE...

Dice mi maestro zen que donde hay aprendizaje no hay error.  Pero en la isla el proceso de aprendizaje está obsoleto, detenido en el tiempo. El camino de las disculpas sí que lo dominamos. Y ese ente invisible, omnipotente, medio burro e impersonal que siempre se equivoca y no aprende,  habla en plural cuando le conviene, yerra en nombre de todos, y se aprovecha en primera persona del singular, no tiene idea del daño que hace, o no le interesa.

Muchos excusan a quienes nos dirigen diciendo que no sabían, cuando saber es la mayor responsabilidad de un guía. Y si usted no sabe, no entiende, o no puede, deténgase, pregunte, o deje su lugar a alguien en mejores condiciones. Si no tiene lucidez, tenga al menos vergüenza. 

domingo, 10 de enero de 2021

Seguridad social no es caridad

realidad cubana

 ¿ Cuántas veces no te habrá pasado que vas por calle y encuentras un anciano sucio, enjuto, y extremadamente desaliñado? La imagen es cada vez más frecuente en las calles de la isla. La población cubana, envejecida y bajo el peso de la emigración de los más jóvenes, es bastante longeva para los estándares de un país subdesarrollado. Que esa película de “en vías de desrrollo” es como llamar al maquillaje rejuvenecimiento facial.

Debido al alza de todos los precios por parte del estado, el sistema de seguridad social que atendía a los más vulnerables con el programa SAF ha caído en desgracia. De dos pesos a 26, el precio de una comida en uno de estos comedores sociales se ha vuelto demasiado cara para la mayoría de nuestros ancianos. Ya no es tan habitual ver el desfile a mediodía con sus recipientes de comida para llevar.

Con la historia del reordenamiento monetario algunas ventajas de esta vida austera que llevamos en Cuba han desaparecido. Y era de esperar. Seamos francos, ninguna economía  puede subvencionar la vida. No es posible, sobre todo en un país en que ni siquiera se pagaba el fisco hace unos años. Pero que de golpe y porrazo la existencia sea entre cuatro y veinte veces más cara, es una medida que me hace preguntarme si quienes la toman se han detenido a pensar.. porque calcular parece que saben.

Sin embargo, hay una idea errada entre la generación que aún no alcanza esa edad tan frágil. La idea de que los ancianos están así de abandonados porque la familia no se ocupa de ellos. Por más que comulgue con la idea de que la familia es la única capaz de ayudarlos cuando les es muy difícil valerse por sí mismos, soy consciente de que no es sólo su responsabilidad.

¿Para qué si no han trabajado más de sesenta años de su vida nuestros mayores? ¿Para quién? Si justamente el pacto de un trabajador con el estado que supuestamente los representa es que, al llegar a una edad en que no puedan aportar con su trabajo a la sociedad, el estado se hará cargo de que no les falte lo imprescindible para vivir. O sea comida, ropa, una casa donde descansar... incluso si no es propia. ¿ Qué ha pasado entonces con esa promesa?

Vengo de una familia con algunos nonagenarios. La mayoría autosuficientes, saludables si uno piensa en la edad avanzada. Casi todos viviendo con un hijo o un nieto que, cuando no está en su centro laboral, se hace cargo de lavarles la ropa y prepararles la comida. Su vejez, aún en medio de todo el encarecimiento de la vida, es bastante plena.

Muchos de los viejitos que se beneficiaban de los comedores SAF  han dejado de asistir. Ellos no protestan, no reclaman, no tienen redes sociales a las cuales acudir en busca de ayuda. Ellos sólo tienen al vecino de al lado para que pelee junto a ellos esta última batalla. Mi pregunta es, en realidad, muy sencilla: ¿quién es esta vez David, y quién Goliat?

viernes, 8 de enero de 2021

Vocación kamikaze

mar_de_cuba

El segundo día del año me fui un rato al mar. A caminar sobre la arena mojada, a respirar ese aire de sal que lo limpia a uno del peso de la vida en medio de una ciudad empobrecida. La playa estaba llena de gente. Había chicos jugando al fútbol, infantes corriendo por la yerba perseguidos por sus padres, gente mojando sus tobillos en la orilla. 

Por unos minutos todo parecía en orden. No había nasobucos, coronavirus, escasez alimentaria ni economía deprimida. No había clases sociales, ni incertidumbre financiera, ni vecinos vigilando por sobre el hombro, trabajando como informantes del gobierno. Había risas, esa energía jovial que nace  de estar a gusto con la vida, a tono con el orden cósmico que hace que el sol salga y se ponga para todos, aunque para cada quien a un tiempo diferente.

Fui por unos minutos y me quedé más de una hora. ¿Quién querría voluntariamente abandonar este pequeño paraíso? Pero la vida cotidiana nos reclama. Hay que regresar al hogar, lidiar con la carencias, con el ruido de una urbe incivilizada y caótica. En el camino a casa encontré gente en los bares, con la algarabía propia de las tardes de sábado en que la gente común sale a desestresar de la semana de trabajo. Pero la alegría no era igual que la de unos minutos antes.

Con la soga al cuello uno suele vivir no sólo como si no hubiera mañana, sino como si tampoco hubiera presente. Por años he visto la ciudad entrar en esta inercia de ahogar las penas en baile y cerveza.  Como si la única respuesta a años de vivir de bandazo en bandazo fuera inventarse una fiesta interminable que nos mantiene alejados de los problemas acuciantes. Porque eso es lo que hacemos: tomar y bailar hasta la desmemoria y la indolencia.

No tengo intención de criticar a los cubanos por rendirnos. Cuando la vida es tan difícil e incierta a veces es mejor simplemente no ofrecer resistencia y asegurarse la próxima bocanada de aire. Pero de suspiro en suspiro  nos hemos quedado sin palabras que decir... sin razones que oponer a la sinrazón que nos gobierna, sin derechos que ejercer, ni conciencia de que tenemos derechos.

Pareciera que todo aquel que nada contra la corriente tiene una cierta vocación kamikaze. Los amigos y parientes nos miran como si fuéramos locos o suicidas. Como si hubiéramos olvidado los instintos más elementales de supervivencia. Pero nadie se percata de que es peor inflarse a alcohol y gastar la vida como si se tratara de un regalo que en realidad no te interesa. ¿Para qué queremos una vida simplemente dedicada al olvido y al sometimiento?

Habría que tener ganas de morir para plantarle cara al gobierno. Habría que tener ganas de desaparecer entre las calumnias, las amenazas, la vigilancia, y el cierre de esas puertas figuradas que nos permiten el acceso a puestos de trabajo como si fueran un privilegio. Pero quienes se han acostumbrado a morir durante años van perdiedo el miedo, y algunos hace rato ya que saludamos al césar con más insolencia que respeto.