Hay un chiste que define la realidad cubana. Es, como todo buen chiste, una fotografía amarga e irónica de la realidad. Cuando era una adolescente y ya estábamos acostumbrados a las amenazas, la falta de libertades civiles, y la constante espada de Damocles sobre nuestras cabezas, recuerdo que respondíamos con una frase muy sencilla cada vez que decían piensa en lo que puedes perder si sigues así, ya sabes lo que les pasa a los que orinan contra el ventilador. Y la respuesta siempre era la misma: ¿qué me vas a quitar, la patineta?.
Con esta mentalidad y este pequeño alivio sobrevivimos por décadas. Fuimos a la playa, a los carnavales, al estadio de pelota, al dominó en el parque de la esquina, y a tomarnos una botella en el malecón. Fuimos felices y un poco rebeldes, aún entre las carencias, las intimidaciones, y las excusas. Pero la tecnología modificó el mundo, lo abrió de repente, puso una ventana donde antes había un agujerito o una pared.
Los adultos enseguida vimos las ventajas. Adaptamos nuestra vida a la tecnología y empezamos a sumergirnos en la virtualidad de este nuevo mundo. Redes sociales, compras online, reencuentros con amigos, estudios de postgrado, y hasta proyectos para encontrar una oportunidad fuera de la isla. Los más jóvenes se sumergieron de un salto en esta nueva forma de vida. Pero los niños, ellos nacieron con un teléfono en la mano y el mundo en un bolsillo.
Nuestros niños crecieron entre iPods, teléfonos móviles, juegos online, y clases virtuales. Los criticamos porque pasaban todo el día conectados. Mostramos descontento porque no sabían de ninguna otra cosa. Nos desesperamos porque estaban perdiendo el tiempo y, a nuestros ojos, la vida. Hasta que llegó una época peor. Las carencias son tantas en la isla que un plato de comida es un lujo y una hora de electricidad, un milagro.
Los adultos, los ancianos, volvieron a adaptarse; volvieron a buscar consuelo en el dominó, en la esperanza de que no hay mal que dure cien años, y a recordar que no se puede perder la cabeza, porque es mejor doblar la rodilla que enderezar la conciencia. A fin de cuentas todavía era posible el consuelo Whatsapp, Facebook, o un reel de Instagram para desconectar.
Eventualmente también quitaron eso. La responsabilidad es siempre de alguien intangible, alguien que desde fuera maldice al pueblo de Cuba. Entonces los niños, los que sólo saben jugar en el teléfono, los que tienen una laptop como extensión de su anatomía dijeron ya está bien. Nos han quitado por años la esperanza, la posibilidad de soñar con un futuro, el chance de construir un presente a la medida de nuestros deseos y necesidades, pero ahora nos han quitado también la ilusión.
Los niños, nuestros niños cubanos, han encontrado el límite de lo que quieren soportar. Empezó como una pequeña muestra de descontento, una protesta porque no pueden vivir la vida, bastante limitada, a la que estaban acostumbrados. Y les dijeron como dicen siempre: es culpa de otro, aguanta, calla, resiste. La gente en el poder pensó que sería como siempre porque el miedo es un aliado poderoso y la costumbre se vuelve un estilo de vida. Y los niños dijeron no. Dijeron ya está bien, no sólo queremos la ilusión, ahora también queremos una vida.
Quienes gobiernan y quienes se aseguran que los gobernantes permanezcan donde están, siguen tratando de amedrentar a los niños que ahora ya son universitarios. Les están diciendo que no pueden orinar contra el ventilador. El mundo cambió pero las tácticas de control siguen siendo las mismas. Los adultos todavía saben bajar la cabeza y quieren cuidar el trabajo, la casa, la pequeña libertad. Los universitarios ya no quieren preguntar porque resulta que también les quitaron la patineta.
Puedes tocarle todo a un ser humano, o casi todo, pero no lo puedes poner a vivir en lo oscuro y prohibirle también tener una ilusión. Porque cuando ya no queda nada, el grito que se había atorado sale, y crece. Veremos ahora si los adultos que dicen que estos jóvenes no saber sino jugar en sus teléfonos van a recordar cómo es vivir sintiendo respeto por uno mismo, sin patineta, pero de cara al sol.