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viernes, 8 de enero de 2021

Vocación kamikaze

mar_de_cuba

El segundo día del año me fui un rato al mar. A caminar sobre la arena mojada, a respirar ese aire de sal que lo limpia a uno del peso de la vida en medio de una ciudad empobrecida. La playa estaba llena de gente. Había chicos jugando al fútbol, infantes corriendo por la yerba perseguidos por sus padres, gente mojando sus tobillos en la orilla. 

Por unos minutos todo parecía en orden. No había nasobucos, coronavirus, escasez alimentaria ni economía deprimida. No había clases sociales, ni incertidumbre financiera, ni vecinos vigilando por sobre el hombro, trabajando como informantes del gobierno. Había risas, esa energía jovial que nace  de estar a gusto con la vida, a tono con el orden cósmico que hace que el sol salga y se ponga para todos, aunque para cada quien a un tiempo diferente.

Fui por unos minutos y me quedé más de una hora. ¿Quién querría voluntariamente abandonar este pequeño paraíso? Pero la vida cotidiana nos reclama. Hay que regresar al hogar, lidiar con la carencias, con el ruido de una urbe incivilizada y caótica. En el camino a casa encontré gente en los bares, con la algarabía propia de las tardes de sábado en que la gente común sale a desestresar de la semana de trabajo. Pero la alegría no era igual que la de unos minutos antes.

Con la soga al cuello uno suele vivir no sólo como si no hubiera mañana, sino como si tampoco hubiera presente. Por años he visto la ciudad entrar en esta inercia de ahogar las penas en baile y cerveza.  Como si la única respuesta a años de vivir de bandazo en bandazo fuera inventarse una fiesta interminable que nos mantiene alejados de los problemas acuciantes. Porque eso es lo que hacemos: tomar y bailar hasta la desmemoria y la indolencia.

No tengo intención de criticar a los cubanos por rendirnos. Cuando la vida es tan difícil e incierta a veces es mejor simplemente no ofrecer resistencia y asegurarse la próxima bocanada de aire. Pero de suspiro en suspiro  nos hemos quedado sin palabras que decir... sin razones que oponer a la sinrazón que nos gobierna, sin derechos que ejercer, ni conciencia de que tenemos derechos.

Pareciera que todo aquel que nada contra la corriente tiene una cierta vocación kamikaze. Los amigos y parientes nos miran como si fuéramos locos o suicidas. Como si hubiéramos olvidado los instintos más elementales de supervivencia. Pero nadie se percata de que es peor inflarse a alcohol y gastar la vida como si se tratara de un regalo que en realidad no te interesa. ¿Para qué queremos una vida simplemente dedicada al olvido y al sometimiento?

Habría que tener ganas de morir para plantarle cara al gobierno. Habría que tener ganas de desaparecer entre las calumnias, las amenazas, la vigilancia, y el cierre de esas puertas figuradas que nos permiten el acceso a puestos de trabajo como si fueran un privilegio. Pero quienes se han acostumbrado a morir durante años van perdiedo el miedo, y algunos hace rato ya que saludamos al césar con más insolencia que respeto.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Los santos inocentes


Ya casi es 28 de diciembre y me viene a la memoria la chanza de cada año. En la familia siempre nos gastamos bromas en esta fecha, aún cuando somos más del tipo estoico. Es quizá uno de los pocos momentos en que hacer el tonto está bien, y la carcajada general no hiere a nadie. Y aunque el hecho que motivó la celebración es bastante sangriento, me parece perfecto que haya evolucionado hacia esta suerte de festival de los papelazos que nos hace reír como niños. 

La ingenuidad es un don que perdemos mientras la infancia se termina. Aprendemos a mentir, a calcular, a salvarnos el pellejo. Mucha gente lo llama madurar. Para mí es una de esas muertes absurdas, que ocurren a destiempo y nos roban la posibilidad de ser más empáticos y compasivos. Pero hay que crecer, hacerse adulto, prepararse para los tropezones y las trampas de la vida en sociedad. La selección natural de Darwin también funciona en la jungla de cemento.

Por casi sesenta años los cubanos han mantenido una lucha brutal por preservar la ingenuidad. Hemos creído en las palabras, en los discursos, en la materialización de las ideas. Muchos, la mayoría, cantamos canciones a la Patria y juntamos las manos para celebrar las pequeñas conquistas. Al menos por un tiempo. Y luego empezamos a crecer y vimos la otra parte de la historia.

Sentir en la propia piel las consecuencias de la fe injustificada debía habernos servido de alerta en los noventa. La escasez, la fragmentación de la familia, el exilio de tantos. Y el discurso que empezó a cambiar. No era para todos, no era con todos, no era por amor. Sin embargo seguimos siendo ingenuos, al menos algunos lo siguieron siendo. Puede que no tuvieran fuerzas para despertar a esa altura del partido y con todo arriesgado en una sola apuesta.

Pero este es un año peculiar, al menos en Cuba. El ciclo se ha repetido en tan corto plazo que no nos ha dado tiempo a recuperarnos. La bonanza fue efímera y no tocó todos los puertos. La apertura camufló la entrada a una jaula más grande, mejor equipada, con más libertad de pequeños movimientos y sin opción real para el cambio que necesitamos.

No se puede decir que nos engañaron. No sería justo culpar simplemente al poder. Hemos desarrollado el temor a ser huérfanos aún cuando vivimos bajo el mandato de un padre abusivo. A los isleños de más de sesenta les aterra quedarse solos, sin que nadie les diga qué hacer. A los de cuarenta nos basta con muy poco: el sueño de un negocio pequeño, un automóvil, las vacaciones de siempre en un hotel.

Pero los jóvenes están empezando a hartarse. No han vivido más que promesas rotas y prohibiciones. Crecieron sin educación cívica, sin utopías, acostumbrados a que los padres lucharan por sobrevivir. Y no les gusta el cuento que les quieren contar esta vez. Sin mucha algarabía, con esa desidia propia de su generación, están cortando el lazo que les pusieron al nacer. Los encargados de armar la novela van a tener que esforzarse; o al menos cambiar la trama y los personajes porque el año casi se termina pero no hay final feliz.

Mañana es el día de los santos inocentes. No sé, quién quita que toda esta mascarada no sea sino una broma, un montaje que están a punto de revelar para hacernos estallar en carcajadas. Porque si está claro que en la isla el humor nos ha salvado muchas veces del dolor y la tristeza de esta vida que llevamos, también es evidente que esta vez no bastará con rendirnos a la risa. Como dijera Picasso mientras crecía para convertirse en el monstruo que finalmente fue: mi consuelo es que todo está tan mal, que difícilmente pueda ir a peor. O eso quiero creer. Debe ser que yo también tengo madera de ingenua...