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domingo, 24 de enero de 2021

Errar es...cubano (o la historia de SE)


¿Cuántas veces hemos oído los cubanos aquello de “se han cometido errores”? El famoso SE, que es quien toma las decisiones en representación del pueblo, no tiene rostro conocido, ni asume las consecuencias de sus acciones. Y ahí está: intacto, rozagante, listo para equivocarse de nuevo y reírse mientras enumera  entre chanzas sus desaciertos. La historia que cuentan no es nueva, ni tampoco los somos los oyentes.

En los noventa llegó el proceso de rectificación de errores, con su nombre cursi y medio rimbombante. Prometía, como siempre pasa, enderezar el tronco de este árbol tan torcido. Pero el campo socialista en el que descansaba nuestra existencia se desplomó luego de avisar por años que ya no daba para más. Era como oír los crujidos de una vieja casa de madera que había perdido las vigas del techo, y algún que otro cimiento. Aunque todos sabíamos que iba a caer, permanecimos inmutables como quien se encomienda a un milagro.

Entonces apareció el período especial. Y cuando más nos azotaba a casi todos, era común oír la frase “SE cometieron errores”. Pero mientras algunos jamás padecieron hambre y otros nos bandeábamos bastante bien, gran parte de los pobladores de la isla  se ahogaba en las penurias y las carencias que el tal SE  no logró prever. Fue la época de las destituciones laterales: con un poco de paciencia todo se había olvidado, y los destituidos volvían a su cargo.

Una y otra vez los ciclos repetidos, las decisiones tomadas sin el necesario estudio o entendimiento real de la situación. Una y otra vez el pueblo pagando las consecuencias mientras nos pedían (aún) resistir, tener fe, porque ya casi estamos donde queríamos... como si repetir la frase la convirtiera en un conjuro para que aconteciera.

Y yo me pregunto, ¿con qué gafas entintadas miran estas personas que no ven? Pues con la ceguera voluntaria de quien elige no saber. Porque luego de tantas esperanzas vanas y de tantas ilusiones rotas, de dónde sacar fuerzas para este nuevo ciclo de errores. Los cubanos tenemos que lidiar con el coronavirus, con el bloqueo, con la inconsciencia, con la economía inexistente, y con la cortedad de luces de un personaje misterioso al que llaman SE...

Dice mi maestro zen que donde hay aprendizaje no hay error.  Pero en la isla el proceso de aprendizaje está obsoleto, detenido en el tiempo. El camino de las disculpas sí que lo dominamos. Y ese ente invisible, omnipotente, medio burro e impersonal que siempre se equivoca y no aprende,  habla en plural cuando le conviene, yerra en nombre de todos, y se aprovecha en primera persona del singular, no tiene idea del daño que hace, o no le interesa.

Muchos excusan a quienes nos dirigen diciendo que no sabían, cuando saber es la mayor responsabilidad de un guía. Y si usted no sabe, no entiende, o no puede, deténgase, pregunte, o deje su lugar a alguien en mejores condiciones. Si no tiene lucidez, tenga al menos vergüenza. 

domingo, 10 de enero de 2021

Seguridad social no es caridad

realidad cubana

 ¿ Cuántas veces no te habrá pasado que vas por calle y encuentras un anciano sucio, enjuto, y extremadamente desaliñado? La imagen es cada vez más frecuente en las calles de la isla. La población cubana, envejecida y bajo el peso de la emigración de los más jóvenes, es bastante longeva para los estándares de un país subdesarrollado. Que esa película de “en vías de desrrollo” es como llamar al maquillaje rejuvenecimiento facial.

Debido al alza de todos los precios por parte del estado, el sistema de seguridad social que atendía a los más vulnerables con el programa SAF ha caído en desgracia. De dos pesos a 26, el precio de una comida en uno de estos comedores sociales se ha vuelto demasiado cara para la mayoría de nuestros ancianos. Ya no es tan habitual ver el desfile a mediodía con sus recipientes de comida para llevar.

Con la historia del reordenamiento monetario algunas ventajas de esta vida austera que llevamos en Cuba han desaparecido. Y era de esperar. Seamos francos, ninguna economía  puede subvencionar la vida. No es posible, sobre todo en un país en que ni siquiera se pagaba el fisco hace unos años. Pero que de golpe y porrazo la existencia sea entre cuatro y veinte veces más cara, es una medida que me hace preguntarme si quienes la toman se han detenido a pensar.. porque calcular parece que saben.

Sin embargo, hay una idea errada entre la generación que aún no alcanza esa edad tan frágil. La idea de que los ancianos están así de abandonados porque la familia no se ocupa de ellos. Por más que comulgue con la idea de que la familia es la única capaz de ayudarlos cuando les es muy difícil valerse por sí mismos, soy consciente de que no es sólo su responsabilidad.

¿Para qué si no han trabajado más de sesenta años de su vida nuestros mayores? ¿Para quién? Si justamente el pacto de un trabajador con el estado que supuestamente los representa es que, al llegar a una edad en que no puedan aportar con su trabajo a la sociedad, el estado se hará cargo de que no les falte lo imprescindible para vivir. O sea comida, ropa, una casa donde descansar... incluso si no es propia. ¿ Qué ha pasado entonces con esa promesa?

Vengo de una familia con algunos nonagenarios. La mayoría autosuficientes, saludables si uno piensa en la edad avanzada. Casi todos viviendo con un hijo o un nieto que, cuando no está en su centro laboral, se hace cargo de lavarles la ropa y prepararles la comida. Su vejez, aún en medio de todo el encarecimiento de la vida, es bastante plena.

Muchos de los viejitos que se beneficiaban de los comedores SAF  han dejado de asistir. Ellos no protestan, no reclaman, no tienen redes sociales a las cuales acudir en busca de ayuda. Ellos sólo tienen al vecino de al lado para que pelee junto a ellos esta última batalla. Mi pregunta es, en realidad, muy sencilla: ¿quién es esta vez David, y quién Goliat?