La felicidad es de quienes entienden que la vida, y todo cuanto ocurre en ella, es efímera. Pasan los días, los amores surgen y desaparecen, los amigos se mudan, y las bicicletas terminan ponchadas en un rinconcito de la sala. Es así y es parte de la magia. Pero algunas cosas vienen con la fecha de caducidad tan a la vista que sería imprudente no reconocerla...
Imagina que llevas una venda en los ojos mientras caminas por un pasillo recién fregado, con una mano atada a la espalda y una bandeja de cristal llena de magdalenas. Sería absurdo pensar que no vas a resbalar. O que la mano libre no se inclinará siquiera. Es posible, pero poco probable que acontezca. Por eso quizás me maravillan quienes ven los cambios que se producen en la isla como una mala sorpresa. A pesar de la algarabía de los inicios, y de la cuota sincera de felicidad, era evidente que algo no estaba del todo bien desde el comienzo de esta historia hace más de sesenta años.
La noción de la república nueva nacía lastrada. Algunos no cabían en el cuento de hadas que la isla y su revolución habían planeado. No era una buena historia para las putas, los homosexuales, los religiosos, los artistas con ideas propias, o quienes entendían la política desde la acera contraria. Con mucho maquillaje y algunas expulsiones tristes, como la del mariel, la nueva era se fue despojando de todo aquello que no la hacía feliz.
Familias separadas, amargura, la tristeza de la patria que se ve repartida en pedazos por el mundo. Los hijos renegando de la tierra, y la tierra sorda a las súplicas de quienes sospechaban que mucho habría aún de padecerse. Con la inercia inicial se caminó bastante. Se hizo la luz en muchas lomas, y bajo el ala soviética los isleños crecimos, o al menos engordamos al son de las compotas y las manzanas acarameladas. Pero un hijo que no avanza es un lastre muy pesado para la democracia, y la época soviética dio paso a la rusa, menos interesada en patrocinar.
Y lentamente se fueron desvaneciendo las ventajas y la supuesta igualdad mostró sus primeras grietas. Primero fueron cambios sutiles, concesiones pequeñas que podían pasar inadvertidas. Hasta que la economía capitalista nos dio a todos una bofetada de realidad. De las conquistas de la revolución queda muy poco. La memoria de una batalla épica contra el analfabetismo, la intención de proporcionar un sistema gartuito de educación y atención primaria de salud; y la bastante efectiva labor de la defensa civil en épocas de tormentas. El resto se ha quedado en la consigna..
Pero habría que ser ciego para no ver que el papalote se estaba yendo a bolina, o que algunas semillas estaban podridas aún antes de llegar a la cima del árbol.Y no se trata de mal augurio ni, como quieren acusarnos, de falta de fe y esperanza. Es más bien una cuestión elemental de física mecánica: todo lo que sube, baja. Aunque sólo se trate de una columna de humo, una promesa, o la simple memoria de una gota de rocío que se soñaba lluvia..

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