Justo en el día de la celebración del natalicio de Martí pienso en su frase “viví en el monstruo y le conozco las entrañas”. Cada quien tomará la sentencia y la pondrá en su contexto. Cada uno de nosotros sentirá que la dijo para la circunstancia específica que está viviendo. Algunos culparán a los yanquis, otros a los cubanos demasiado enamorados del poder, y unos últimos quizás a la sociedad humana en general.
Lo cierto es que cada persona ha lidiado en su vida con un monstruo cercano, familiar, íntimo. Y espera que poder decirlo sea su derecho, aún si tiene o no una historia que otros compartan o validen. Qué clase de mundo es este en que un ser humano no puede expresarse libremente, tener una opinión, disentir. Uno jodido....
Pasa una vez más que algunos cubanos sienten como suyo el derecho natural de pensar por sí mismos. Y pasa que la ley los condena por ello. En cuba es ilegal protestar y no estar de acuerdo. Es ilegal decir algo contrario al poder. Y para que el miedo sea razón más convincente que la ley, nuestros líderes inventaron hace mucho la amenaza solapada y el acto de repudio.
Pienso en el emperador japonés, tan intocable como alguno de nuestros dirigentes, pero con la difícil tarea de ser sólo un ejemplo impoluto de conducta, sin intervenir en ningún asunto mundano que pudiera ensuciar su ejemplo. Si nuestros ministros salen a la calle a liarse a golpes y trompadas, qué nos queda esperar para los barrios más populares de la isla, allí donde un grito ofensivo marcaba el incicio de una enemistad de años. Que nadie diga que este árbol no dio buenos frutos, digamos mejor que las termitas habían minado el tronco, las ramas, y hecho un buen nido en las raíces.
¿Por qué no pueden los jóvenes cubanos ser parte del proceso de creación del país en que viven? ¿Por qué un grupito que lleva repitiendo los mismos patrones desde hace 60 años, sin que cambie el resultado, puede ser árbitro de nuestro tiempo? ¿ Por qué han cerrado tanto las paredes de esta isla que muchos sentimos que estamos presos? ¿Quién les ha dado permiso para que la patria sea definida a través de la política? ¿Cómo puede ser justo que a una palabra se responda con la fuerza, y a quienes hablan se les tiren encima los perros?
Es sabido que Roma entrenía a sus ciudadanos. Y que lo hacía como una medida para desviar la atención sobre asuntos de vital importancia que ponían en peligro el statu quo. Así que puedo entender que, siguiendo ese ejemplo, una protesta pacífica se convierta en show. Pero los emperadores romanos no hacían grandes eventos de lucha y competencia sin poner sobre la mesa mucha comida. El dicho nos recuerda que el corazón contento lleva también una barriga llena. Entonces pienso en lo que ha pasado este 27 de enero y me digo que el circo ya lo tenemos, sólo nos falta saber ¿el pan para cuándo?.

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