Desde los primeros días del imperio romano el pan ha sido un alimento imprescindible en la dieta de occidente. Las culturas se han mezclado y la cocina ha resultado favorecida en todas partes. Pero el pan no se ha movido de sitio en nuestra mesa. Lo comen los ricos, los pobres, los veganos, y hasta los celíacos han encontrado la manera de mantener viva esta parte de su identidad social, retomando los panes de cebada y centeno de la Edad Media.
Por eso cuando el precio del pan se dispara hay incertidumbre y malestar. Desde el primero de enero el precio del pan en Cuba subió tanto que bien puede tocar el cielo. Y no hablo de panes especiales, de lujo, amasados y cocidos por expertos. Hablo del pan nuestro de cada día, el que vendían en la bodega a cinco centavos cada uno.
Durante años nos quejamos de su mala calidad, del peso impreciso, de que estaba crudo o demasiado horneado. Pero fue el sustento de miles de ancianos que lo esperaban desde muy temprano en la mañana y salían de la cola cayéndole a mordidas. Así, a secas, porque para muchos era todo el desayuno que tenían. Y ahora venden este mismo pan a un peso.
Quizá alguien piense que no es tanto. Y en sus matemáticas apuradas diga que no es valor tan alto para un desayuno exiguo. Pero ha multiplicado veinte veces su valor en medio de un tarifazo que pone por el techo también la mayoría de los productos de la canasta básica.... y la electricidad, y el teléfono, y el gas licuado. Las leyes físicas relativas a nuestro universo no mienten. Para que haya equilibrio tiene que haber un descenso por cada subida: y así ha sido.
Mientras los precios se disparan somos menos felices, menos ingenuos, y tenemos menos fuerzas para enfrentarnos a este cuento de hadas que ha devenido en thriller de humor negro. En la ciudad se siente la tensión latente, el comentario insatisfecho. Ayer salí a caminar y elegí calles de poco tráfico. En la intimidad de uno de esos callejones donde los niños juegan fútbol en medio de la vía estrecha encontré un pan atado a una cerca, bajo un letrero. Es my cubana esa protesta jocosa, irreverente, pero también tímida, con miedo a las consecuencias.
Esta vez el autor se acercó con una risa nerviosa, reclamó como suya la obra, y posó para la foto. No sé si terminaremos todos juntos en una invocación al dios del trigo para que venga a socorrernos, o languideceremos como las civilizaciones antiguas que perdieron su razón de ser. Quién sabe si, como los legionarios, diremos que hay cosas que el estado no puede tocarle al hombre común y corriente. Porque el pan no es sólo el alimento del pobre, recordemos que su ausencia fue el símbolo de la caída de un imperio.

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