Mostrando entradas con la etiqueta resistencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta resistencia. Mostrar todas las entradas

jueves, 28 de enero de 2021

Pan y circo


Justo en el día de la celebración del natalicio de Martí pienso en su frase “viví en el monstruo y le conozco las entrañas”. Cada quien tomará la sentencia y la pondrá en su contexto. Cada uno de nosotros sentirá que la dijo para la circunstancia específica que está viviendo. Algunos culparán a los yanquis, otros a los cubanos demasiado enamorados del poder, y unos últimos quizás a la sociedad humana en general.

Lo cierto es que cada persona ha lidiado en su vida con un monstruo cercano, familiar, íntimo. Y espera que poder decirlo sea su derecho, aún si tiene o no una historia que otros compartan o validen. Qué clase de mundo es este en que un ser humano no puede expresarse libremente, tener una opinión, disentir. Uno jodido....

Pasa una vez más que algunos cubanos  sienten como suyo el derecho natural de pensar por sí mismos. Y pasa que la ley los condena por ello. En cuba es ilegal protestar y no estar de acuerdo. Es ilegal decir algo contrario al poder. Y para que el miedo sea razón más convincente que la ley, nuestros líderes inventaron hace mucho la amenaza solapada y el acto de repudio.

Pienso en el emperador japonés, tan intocable como alguno de nuestros dirigentes, pero con la difícil tarea de ser sólo un ejemplo impoluto de conducta, sin intervenir en ningún asunto mundano que pudiera ensuciar su ejemplo.  Si nuestros ministros salen a la calle a liarse a golpes y trompadas, qué nos queda esperar para los barrios más populares de la isla, allí donde un grito ofensivo marcaba el incicio de una enemistad de años. Que nadie diga que este árbol no dio buenos frutos, digamos mejor que las termitas habían minado el tronco, las ramas, y hecho un buen nido en las raíces.

¿Por qué no pueden los jóvenes cubanos ser parte del proceso de creación del país en que viven? ¿Por qué un grupito que lleva repitiendo los mismos patrones desde hace 60 años, sin que cambie el resultado, puede ser árbitro de nuestro tiempo? ¿ Por qué han cerrado tanto las paredes de esta isla que muchos sentimos que estamos presos? ¿Quién les ha dado permiso para que la patria sea definida a través de la política? ¿Cómo puede ser justo que a una palabra se responda con la fuerza, y a quienes hablan se les tiren encima los perros?

Es sabido que Roma entrenía a sus ciudadanos. Y que lo hacía como una medida para desviar la atención sobre asuntos de vital importancia que ponían en peligro el statu quo. Así que puedo entender que, siguiendo ese ejemplo, una protesta pacífica se convierta en show. Pero los emperadores romanos no hacían grandes eventos de lucha y competencia sin poner sobre la mesa mucha comida. El dicho nos recuerda que el corazón contento lleva también una barriga llena. Entonces pienso en lo que ha pasado este 27 de enero y me digo que el circo ya lo tenemos, sólo nos falta saber ¿el pan para cuándo?.

domingo, 24 de enero de 2021

Errar es...cubano (o la historia de SE)


¿Cuántas veces hemos oído los cubanos aquello de “se han cometido errores”? El famoso SE, que es quien toma las decisiones en representación del pueblo, no tiene rostro conocido, ni asume las consecuencias de sus acciones. Y ahí está: intacto, rozagante, listo para equivocarse de nuevo y reírse mientras enumera  entre chanzas sus desaciertos. La historia que cuentan no es nueva, ni tampoco los somos los oyentes.

En los noventa llegó el proceso de rectificación de errores, con su nombre cursi y medio rimbombante. Prometía, como siempre pasa, enderezar el tronco de este árbol tan torcido. Pero el campo socialista en el que descansaba nuestra existencia se desplomó luego de avisar por años que ya no daba para más. Era como oír los crujidos de una vieja casa de madera que había perdido las vigas del techo, y algún que otro cimiento. Aunque todos sabíamos que iba a caer, permanecimos inmutables como quien se encomienda a un milagro.

Entonces apareció el período especial. Y cuando más nos azotaba a casi todos, era común oír la frase “SE cometieron errores”. Pero mientras algunos jamás padecieron hambre y otros nos bandeábamos bastante bien, gran parte de los pobladores de la isla  se ahogaba en las penurias y las carencias que el tal SE  no logró prever. Fue la época de las destituciones laterales: con un poco de paciencia todo se había olvidado, y los destituidos volvían a su cargo.

Una y otra vez los ciclos repetidos, las decisiones tomadas sin el necesario estudio o entendimiento real de la situación. Una y otra vez el pueblo pagando las consecuencias mientras nos pedían (aún) resistir, tener fe, porque ya casi estamos donde queríamos... como si repetir la frase la convirtiera en un conjuro para que aconteciera.

Y yo me pregunto, ¿con qué gafas entintadas miran estas personas que no ven? Pues con la ceguera voluntaria de quien elige no saber. Porque luego de tantas esperanzas vanas y de tantas ilusiones rotas, de dónde sacar fuerzas para este nuevo ciclo de errores. Los cubanos tenemos que lidiar con el coronavirus, con el bloqueo, con la inconsciencia, con la economía inexistente, y con la cortedad de luces de un personaje misterioso al que llaman SE...

Dice mi maestro zen que donde hay aprendizaje no hay error.  Pero en la isla el proceso de aprendizaje está obsoleto, detenido en el tiempo. El camino de las disculpas sí que lo dominamos. Y ese ente invisible, omnipotente, medio burro e impersonal que siempre se equivoca y no aprende,  habla en plural cuando le conviene, yerra en nombre de todos, y se aprovecha en primera persona del singular, no tiene idea del daño que hace, o no le interesa.

Muchos excusan a quienes nos dirigen diciendo que no sabían, cuando saber es la mayor responsabilidad de un guía. Y si usted no sabe, no entiende, o no puede, deténgase, pregunte, o deje su lugar a alguien en mejores condiciones. Si no tiene lucidez, tenga al menos vergüenza. 

viernes, 8 de enero de 2021

Vocación kamikaze

mar_de_cuba

El segundo día del año me fui un rato al mar. A caminar sobre la arena mojada, a respirar ese aire de sal que lo limpia a uno del peso de la vida en medio de una ciudad empobrecida. La playa estaba llena de gente. Había chicos jugando al fútbol, infantes corriendo por la yerba perseguidos por sus padres, gente mojando sus tobillos en la orilla. 

Por unos minutos todo parecía en orden. No había nasobucos, coronavirus, escasez alimentaria ni economía deprimida. No había clases sociales, ni incertidumbre financiera, ni vecinos vigilando por sobre el hombro, trabajando como informantes del gobierno. Había risas, esa energía jovial que nace  de estar a gusto con la vida, a tono con el orden cósmico que hace que el sol salga y se ponga para todos, aunque para cada quien a un tiempo diferente.

Fui por unos minutos y me quedé más de una hora. ¿Quién querría voluntariamente abandonar este pequeño paraíso? Pero la vida cotidiana nos reclama. Hay que regresar al hogar, lidiar con la carencias, con el ruido de una urbe incivilizada y caótica. En el camino a casa encontré gente en los bares, con la algarabía propia de las tardes de sábado en que la gente común sale a desestresar de la semana de trabajo. Pero la alegría no era igual que la de unos minutos antes.

Con la soga al cuello uno suele vivir no sólo como si no hubiera mañana, sino como si tampoco hubiera presente. Por años he visto la ciudad entrar en esta inercia de ahogar las penas en baile y cerveza.  Como si la única respuesta a años de vivir de bandazo en bandazo fuera inventarse una fiesta interminable que nos mantiene alejados de los problemas acuciantes. Porque eso es lo que hacemos: tomar y bailar hasta la desmemoria y la indolencia.

No tengo intención de criticar a los cubanos por rendirnos. Cuando la vida es tan difícil e incierta a veces es mejor simplemente no ofrecer resistencia y asegurarse la próxima bocanada de aire. Pero de suspiro en suspiro  nos hemos quedado sin palabras que decir... sin razones que oponer a la sinrazón que nos gobierna, sin derechos que ejercer, ni conciencia de que tenemos derechos.

Pareciera que todo aquel que nada contra la corriente tiene una cierta vocación kamikaze. Los amigos y parientes nos miran como si fuéramos locos o suicidas. Como si hubiéramos olvidado los instintos más elementales de supervivencia. Pero nadie se percata de que es peor inflarse a alcohol y gastar la vida como si se tratara de un regalo que en realidad no te interesa. ¿Para qué queremos una vida simplemente dedicada al olvido y al sometimiento?

Habría que tener ganas de morir para plantarle cara al gobierno. Habría que tener ganas de desaparecer entre las calumnias, las amenazas, la vigilancia, y el cierre de esas puertas figuradas que nos permiten el acceso a puestos de trabajo como si fueran un privilegio. Pero quienes se han acostumbrado a morir durante años van perdiedo el miedo, y algunos hace rato ya que saludamos al césar con más insolencia que respeto.