¿ Cuántas veces no te habrá pasado que vas por calle y encuentras un anciano sucio, enjuto, y extremadamente desaliñado? La imagen es cada vez más frecuente en las calles de la isla. La población cubana, envejecida y bajo el peso de la emigración de los más jóvenes, es bastante longeva para los estándares de un país subdesarrollado. Que esa película de “en vías de desrrollo” es como llamar al maquillaje rejuvenecimiento facial.
Debido al alza de todos los precios por parte del estado, el sistema de seguridad social que atendía a los más vulnerables con el programa SAF ha caído en desgracia. De dos pesos a 26, el precio de una comida en uno de estos comedores sociales se ha vuelto demasiado cara para la mayoría de nuestros ancianos. Ya no es tan habitual ver el desfile a mediodía con sus recipientes de comida para llevar.
Con la historia del reordenamiento monetario algunas ventajas de esta vida austera que llevamos en Cuba han desaparecido. Y era de esperar. Seamos francos, ninguna economía puede subvencionar la vida. No es posible, sobre todo en un país en que ni siquiera se pagaba el fisco hace unos años. Pero que de golpe y porrazo la existencia sea entre cuatro y veinte veces más cara, es una medida que me hace preguntarme si quienes la toman se han detenido a pensar.. porque calcular parece que saben.
Sin embargo, hay una idea errada entre la generación que aún no alcanza esa edad tan frágil. La idea de que los ancianos están así de abandonados porque la familia no se ocupa de ellos. Por más que comulgue con la idea de que la familia es la única capaz de ayudarlos cuando les es muy difícil valerse por sí mismos, soy consciente de que no es sólo su responsabilidad.
¿Para qué si no han trabajado más de sesenta años de su vida nuestros mayores? ¿Para quién? Si justamente el pacto de un trabajador con el estado que supuestamente los representa es que, al llegar a una edad en que no puedan aportar con su trabajo a la sociedad, el estado se hará cargo de que no les falte lo imprescindible para vivir. O sea comida, ropa, una casa donde descansar... incluso si no es propia. ¿ Qué ha pasado entonces con esa promesa?
Vengo de una familia con algunos nonagenarios. La mayoría autosuficientes, saludables si uno piensa en la edad avanzada. Casi todos viviendo con un hijo o un nieto que, cuando no está en su centro laboral, se hace cargo de lavarles la ropa y prepararles la comida. Su vejez, aún en medio de todo el encarecimiento de la vida, es bastante plena.
Muchos de los viejitos que se beneficiaban de los comedores SAF han dejado de asistir. Ellos no protestan, no reclaman, no tienen redes sociales a las cuales acudir en busca de ayuda. Ellos sólo tienen al vecino de al lado para que pelee junto a ellos esta última batalla. Mi pregunta es, en realidad, muy sencilla: ¿quién es esta vez David, y quién Goliat?

No hay comentarios:
Publicar un comentario