Ya casi es 28 de diciembre y me viene a la memoria la chanza de cada año. En la familia siempre nos gastamos bromas en esta fecha, aún cuando somos más del tipo estoico. Es quizá uno de los pocos momentos en que hacer el tonto está bien, y la carcajada general no hiere a nadie. Y aunque el hecho que motivó la celebración es bastante sangriento, me parece perfecto que haya evolucionado hacia esta suerte de festival de los papelazos que nos hace reír como niños.
La ingenuidad es un don que perdemos mientras la infancia se termina. Aprendemos a mentir, a calcular, a salvarnos el pellejo. Mucha gente lo llama madurar. Para mí es una de esas muertes absurdas, que ocurren a destiempo y nos roban la posibilidad de ser más empáticos y compasivos. Pero hay que crecer, hacerse adulto, prepararse para los tropezones y las trampas de la vida en sociedad. La selección natural de Darwin también funciona en la jungla de cemento.
Por casi sesenta años los cubanos han mantenido una lucha brutal por preservar la ingenuidad. Hemos creído en las palabras, en los discursos, en la materialización de las ideas. Muchos, la mayoría, cantamos canciones a la Patria y juntamos las manos para celebrar las pequeñas conquistas. Al menos por un tiempo. Y luego empezamos a crecer y vimos la otra parte de la historia.
Sentir en la propia piel las consecuencias de la fe injustificada debía habernos servido de alerta en los noventa. La escasez, la fragmentación de la familia, el exilio de tantos. Y el discurso que empezó a cambiar. No era para todos, no era con todos, no era por amor. Sin embargo seguimos siendo ingenuos, al menos algunos lo siguieron siendo. Puede que no tuvieran fuerzas para despertar a esa altura del partido y con todo arriesgado en una sola apuesta.
Pero este es un año peculiar, al menos en Cuba. El ciclo se ha repetido en tan corto plazo que no nos ha dado tiempo a recuperarnos. La bonanza fue efímera y no tocó todos los puertos. La apertura camufló la entrada a una jaula más grande, mejor equipada, con más libertad de pequeños movimientos y sin opción real para el cambio que necesitamos.
No se puede decir que nos engañaron. No sería justo culpar simplemente al poder. Hemos desarrollado el temor a ser huérfanos aún cuando vivimos bajo el mandato de un padre abusivo. A los isleños de más de sesenta les aterra quedarse solos, sin que nadie les diga qué hacer. A los de cuarenta nos basta con muy poco: el sueño de un negocio pequeño, un automóvil, las vacaciones de siempre en un hotel.
Pero los jóvenes están empezando a hartarse. No han vivido más que promesas rotas y prohibiciones. Crecieron sin educación cívica, sin utopías, acostumbrados a que los padres lucharan por sobrevivir. Y no les gusta el cuento que les quieren contar esta vez. Sin mucha algarabía, con esa desidia propia de su generación, están cortando el lazo que les pusieron al nacer. Los encargados de armar la novela van a tener que esforzarse; o al menos cambiar la trama y los personajes porque el año casi se termina pero no hay final feliz.
Mañana es el día de los santos inocentes. No sé, quién quita que toda esta mascarada no sea sino una broma, un montaje que están a punto de revelar para hacernos estallar en carcajadas. Porque si está claro que en la isla el humor nos ha salvado muchas veces del dolor y la tristeza de esta vida que llevamos, también es evidente que esta vez no bastará con rendirnos a la risa. Como dijera Picasso mientras crecía para convertirse en el monstruo que finalmente fue: mi consuelo es que todo está tan mal, que difícilmente pueda ir a peor. O eso quiero creer. Debe ser que yo también tengo madera de ingenua...

Bien bonito💖
ResponderEliminarasí son las cosas cuando son del alma. beso
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