viernes, 25 de diciembre de 2020

Navidades de un invierno tropical


 Es Navidad y en casi todo occidente las familias se reúnen para ser amables y quererse, aunque sea una vez al año. Hay compras de último minuto, regalos desesperados, cenas en las que algo sale mal. El espíritu del perdón y la gratitud reinan por unas pocas horas ... casi siempre. Quizá sólo sea porque es un día de descanso fuera de programa, pero el sentimiento suele ser contagioso.

Hubo un tiempo en que la Navidad estuvo vedada para los cubanos. Era más terrible que cualquier cosa, porque era la alegría nacida de la fe. Una fe en la redención, en el amor, en el despertar de la inocencia en medio del caos o de la escasez. Y la fe es algo tan sutil como palpable. No es algo que alguien pueda darte, quitarte, o racionar.

Hoy he salido a caminar las calles de mi ciudad y a tomar un café. Había largas colas para el pan, y largas colas de gente esperando el camión con el surtido de pollo. Era una pequeña multitud de personas lejos de su familia, privados de este tiempo mínimo para comulgar y restaurar la armonía dentro de las casas. Eran colas para la comida del día, colas por la supervivencia.

Sobrevivir ha sido nuestra segunda piel por un tiempo tan largo que apenas recordamos otra manera de ser. La abundancia nos parece un pecado, la estabilidad una utopía. Había tensión, estrés, cansancio, y mucha desesperanza. El año casi termina y se anuncian meses difíciles con el alza de los precios y el fin de tantos subsidios. Sólo puedo pensar en los más vulnerables, en esos viejos solitarios que dependen del pan de la bodega para asegurar el condumio del día.

He aprendido que la dignidad puede venir también desde la abstinencia, pero que no son sinónimos. Nada lacera más el espíritu humano que negarle la posibilidad de crecer. El miedo nos endurece el corazón, y la miseria (que no la pobreza), nos roba la alegría.

Habría que creer en los milagros para creer otra vez en política estatal. Habría que creer en el cambio, en la república con todos y para el bien de todos. Pero el sistema le apostó a otra idea y la fe se ha visto recluida a iglesias y objetos de culto. Supongo que en este día de celebración sólo nos queda confiar en nuestra fortaleza. Confiar en que la nación, como la naturaleza tras los huracanes, encuentre la manera de restaurarse  desde las cenizas.

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