miércoles, 30 de diciembre de 2020

Adiós, adieu, bye bye


 El 2020 se va y muchos estarán agradecidos de que así sea. Cada treinta y uno de diciembre salen a la luz nuevos rituales para despojarse de la mala energía acumulada durante el año que termina. Hay quien lanza un cubo de agua a la calle, hay quien enciende un incienso y recorre todos los rincones de la casa, y hay quien escribe una carta con todo aquello que lo hizo infeliz... ¿de qué sirve? A saber. Si alivia al menos la tensión por los malos ratos ya habrá valido de algo.

Lo cierto es que cada quien lidia con su vida como mejor sabe, o puede. Pero este año ha sido pródigo en desastres. Y no sólo por el coronavirus. Entre la amenaza real y la campaña de terror que ha rodeado la llegada del virus hay todo un universo de sufrimiento. Y es que este ha sido un tiempo en que el miedo ganó la batalla. Hemos pasado más de nueve meses con miedo al abrazo, al contacto humano, al consuelo. Y todo para que nos digan lo que ya sabíamos: el riesgo no va a desaparecer.

En medio de todo este caos la economía también se ha llevado su cuota de dolor. Los pequeños comercios han ido cerrando, y mucha gente ha perdido su trabajo. Pero hay que pagar la renta, y la luz, y la comida. Para quienes vivimos en la isla, el tarifazo viene  ser el resumen de un año catastrófico. La subida exagerada de todos los productos y servicios será un reto, en especial para esa población envejecida que ha pasado toda su vida sustentada en la promesa de un tiempo mejor.

Pero los años pasan, el futuro prometido nunca llega, y la esperanza va tomando color de ilusión más que rota. Aunque siempre alguien dará un discurso motivador, uno que te hipoteque más la vida y asegure que estamos bien, que estaremos mejor.. .Debe ser que mirando un Rólex el paso de las horas se hace menos angustioso.

El 2020 se va mientras tratamos de salir otra vez a flote. Mis vecinos, desconsiderados y felices, encienden el carbón y ponen música a todo volumen. Y hay cierta magia en saber que al menos algunos pueden mantener la tradición de estas fechas porque lo terrible, definitivamente, no es este año que termina en menos de un día; o que a casi veinticuatro horas para el 2021 la gente siga haciendo cola esperando el pollo o la carne que no acaba de llegar ….. lo terrible de este año que termina es la certeza de que el próximo empezará peor.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Los santos inocentes


Ya casi es 28 de diciembre y me viene a la memoria la chanza de cada año. En la familia siempre nos gastamos bromas en esta fecha, aún cuando somos más del tipo estoico. Es quizá uno de los pocos momentos en que hacer el tonto está bien, y la carcajada general no hiere a nadie. Y aunque el hecho que motivó la celebración es bastante sangriento, me parece perfecto que haya evolucionado hacia esta suerte de festival de los papelazos que nos hace reír como niños. 

La ingenuidad es un don que perdemos mientras la infancia se termina. Aprendemos a mentir, a calcular, a salvarnos el pellejo. Mucha gente lo llama madurar. Para mí es una de esas muertes absurdas, que ocurren a destiempo y nos roban la posibilidad de ser más empáticos y compasivos. Pero hay que crecer, hacerse adulto, prepararse para los tropezones y las trampas de la vida en sociedad. La selección natural de Darwin también funciona en la jungla de cemento.

Por casi sesenta años los cubanos han mantenido una lucha brutal por preservar la ingenuidad. Hemos creído en las palabras, en los discursos, en la materialización de las ideas. Muchos, la mayoría, cantamos canciones a la Patria y juntamos las manos para celebrar las pequeñas conquistas. Al menos por un tiempo. Y luego empezamos a crecer y vimos la otra parte de la historia.

Sentir en la propia piel las consecuencias de la fe injustificada debía habernos servido de alerta en los noventa. La escasez, la fragmentación de la familia, el exilio de tantos. Y el discurso que empezó a cambiar. No era para todos, no era con todos, no era por amor. Sin embargo seguimos siendo ingenuos, al menos algunos lo siguieron siendo. Puede que no tuvieran fuerzas para despertar a esa altura del partido y con todo arriesgado en una sola apuesta.

Pero este es un año peculiar, al menos en Cuba. El ciclo se ha repetido en tan corto plazo que no nos ha dado tiempo a recuperarnos. La bonanza fue efímera y no tocó todos los puertos. La apertura camufló la entrada a una jaula más grande, mejor equipada, con más libertad de pequeños movimientos y sin opción real para el cambio que necesitamos.

No se puede decir que nos engañaron. No sería justo culpar simplemente al poder. Hemos desarrollado el temor a ser huérfanos aún cuando vivimos bajo el mandato de un padre abusivo. A los isleños de más de sesenta les aterra quedarse solos, sin que nadie les diga qué hacer. A los de cuarenta nos basta con muy poco: el sueño de un negocio pequeño, un automóvil, las vacaciones de siempre en un hotel.

Pero los jóvenes están empezando a hartarse. No han vivido más que promesas rotas y prohibiciones. Crecieron sin educación cívica, sin utopías, acostumbrados a que los padres lucharan por sobrevivir. Y no les gusta el cuento que les quieren contar esta vez. Sin mucha algarabía, con esa desidia propia de su generación, están cortando el lazo que les pusieron al nacer. Los encargados de armar la novela van a tener que esforzarse; o al menos cambiar la trama y los personajes porque el año casi se termina pero no hay final feliz.

Mañana es el día de los santos inocentes. No sé, quién quita que toda esta mascarada no sea sino una broma, un montaje que están a punto de revelar para hacernos estallar en carcajadas. Porque si está claro que en la isla el humor nos ha salvado muchas veces del dolor y la tristeza de esta vida que llevamos, también es evidente que esta vez no bastará con rendirnos a la risa. Como dijera Picasso mientras crecía para convertirse en el monstruo que finalmente fue: mi consuelo es que todo está tan mal, que difícilmente pueda ir a peor. O eso quiero creer. Debe ser que yo también tengo madera de ingenua...

viernes, 25 de diciembre de 2020

Navidades de un invierno tropical


 Es Navidad y en casi todo occidente las familias se reúnen para ser amables y quererse, aunque sea una vez al año. Hay compras de último minuto, regalos desesperados, cenas en las que algo sale mal. El espíritu del perdón y la gratitud reinan por unas pocas horas ... casi siempre. Quizá sólo sea porque es un día de descanso fuera de programa, pero el sentimiento suele ser contagioso.

Hubo un tiempo en que la Navidad estuvo vedada para los cubanos. Era más terrible que cualquier cosa, porque era la alegría nacida de la fe. Una fe en la redención, en el amor, en el despertar de la inocencia en medio del caos o de la escasez. Y la fe es algo tan sutil como palpable. No es algo que alguien pueda darte, quitarte, o racionar.

Hoy he salido a caminar las calles de mi ciudad y a tomar un café. Había largas colas para el pan, y largas colas de gente esperando el camión con el surtido de pollo. Era una pequeña multitud de personas lejos de su familia, privados de este tiempo mínimo para comulgar y restaurar la armonía dentro de las casas. Eran colas para la comida del día, colas por la supervivencia.

Sobrevivir ha sido nuestra segunda piel por un tiempo tan largo que apenas recordamos otra manera de ser. La abundancia nos parece un pecado, la estabilidad una utopía. Había tensión, estrés, cansancio, y mucha desesperanza. El año casi termina y se anuncian meses difíciles con el alza de los precios y el fin de tantos subsidios. Sólo puedo pensar en los más vulnerables, en esos viejos solitarios que dependen del pan de la bodega para asegurar el condumio del día.

He aprendido que la dignidad puede venir también desde la abstinencia, pero que no son sinónimos. Nada lacera más el espíritu humano que negarle la posibilidad de crecer. El miedo nos endurece el corazón, y la miseria (que no la pobreza), nos roba la alegría.

Habría que creer en los milagros para creer otra vez en política estatal. Habría que creer en el cambio, en la república con todos y para el bien de todos. Pero el sistema le apostó a otra idea y la fe se ha visto recluida a iglesias y objetos de culto. Supongo que en este día de celebración sólo nos queda confiar en nuestra fortaleza. Confiar en que la nación, como la naturaleza tras los huracanes, encuentre la manera de restaurarse  desde las cenizas.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

On sale


La isla está a la venta. O quizás deberíamos decir On sale, porque la moneda que paga no tiene inscripciones en ese castellano tropical que hablamos por acá. Desde la factura de la luz hasta la cena de fin de año, todo puede ser cubierto en dólares americanos. Y ni siquiera nos sorprende la oferta. No han llegado aún DisneyWorld y Mcdonald´s, pero paciencia..

La empresa de telefonía abrió el camino con las recargas bonificadas hechas “desde fuera”. La moneda nacional se deprimía, y el valor del peso cubano se acercaba al rango de  los números negativos. Para detener la inflación y apuntalar la economía necesitábamos producir. Pero producir el qué.. sin industrias, sin ideas, sin turismo por la llegada del virus, y sin materia prima. Surgió la noción del reciclaje interno: recuperar la moneda que circulaba por las calles y que no llegaba a las arcas del gobierno.

Empezaron por abrir tiendas para artículos de lujo. Ya me gustaría también que alguien me explicara cómo una lavadora o un refrigerador son un artículo de lujo en pleno siglo XXI. Sobre todo en una isla que fue de las primeras en sumarse a avances tecnológicos como el teléfono, la televisión, el tren, y los automóviles....   Para evitar confusiones las ventas no se harían en efectivo. El dinero al banco, y aquí paz y en el cielo gloria.

De todas partes y con cierta reticencia aparecieron los primeros cubanos dispuestos a pagar en dólares las piezas para el carro, las neveras, los splits. Ante la increíble ausencia de esos mismos productos en la moneda nativa, la gente se fue sumando y las compras por tarjeta florecieron. Hubo colas, coleros, acuerdos por debajo del telón para reservar productos con gran demanda. Y las clases sociales fueron tan evidentes que la línea se hubiera podido dibujar con una tiza.

Los cubanos de a pie, sin familia en el exterior, también quisieron ahorrar porque ya no eran sólo artículos de lujo. A los grandes electrodomésticos añadieron las ollas arroceras, los microwaves, las batidoras. Las tiendas en CUC vendían productos con defecto, mercancía rota. Y la gente de  pueblo necesitaba cambiar el ventilador, y hacerle el puré a los niños.

Pero en las casas de cambio no se vende moneda extranjera. El mercado negro, sonrosado y rozagante, se expandió desde las sombras. El valor del USD inició la escalada. Como la cima no está a la vista, sólo podemos esperar que la subida dure tanto como lo permita la política. Porque la gente protesta, pero en casa. Que la vida está muy dura como para jugársela.

Poco a poco las tiendas por Moneda Libremente Convertible acapararon los productos vitales. La oferta se amplió al jabón, los espaguetis, el café y el detergente: la moneda nacional ya no compra nada. Demasiado cara para quienes vivimos en ella, pero a precio de ganga para quienes llevaron sus raíces a suelos menos adversos, la isla está a la venta. O quizás deberíamos quitar alguna que otra pancarta o bandera, borrarnos la sonrisa, y colgar simplemente el cartel de For sale, antes que empiece rebaja.

martes, 15 de diciembre de 2020

Cuando se vaya la luz mi negra

 



Si conoces la canción seguro sabes qué sigue. Pero si es tu primer encuentro con la letra de este tema, déjame decirte que la isla sigue a oscuras. Y no sólo por los apagones, que los hay y los habrá peores. La isla no avanza, no mejora, no sale del atascadero. En los últimos treinta años hemos vivido en una noria rústica y desvencijada.

Cuando el socialismo ruso se fue a pique nos montamos en el tren del dólar americano. Tuvimos tiendas en dólares, venta de dólares en las casas de cambio, y remesas en forma de salvavidas. El sueño americano se instaló frente a los crim 218 y se hizo un lugar entre las esperanzas de la gente común. Era un mal sueño, con demasiada nieve, con muy poco de conga y casi nada de azúcar morena. Pero infló las velas y remamos. Por casi diez años fue legal, y parecía bueno.

Pero de arriba (ese misterioso lugar), alguien vio que en realidad era un espejismo. Nuestra moneda no valía, nuestra economía no había florecido, y la vida era una receta para el desastre. Como somos creativos inventamos el CUC. Una moneda que servía de intermediaria. Una suerte de traductora entre el dólar y nuestro demacrado peso cubano. Bailamos. Reímos. Fuimos el único país del mundo capaz de ser feliz con tres monedas de curso legal.

Pero la gravedad hizo lo suyo y de arriba siguieron lloviendo ideas, estudios, conclusiones. Tener tres monedas aumentaba la inflación y era un descalabro. Los economistas no sabían qué hacer. Los bancos no sabían qué hacer. La gente en la calle no sabía qué hacer. Borramos el dólar de la vida,  como si nunca hubiera existido. Y empezamos con la política del sobreviviente. Quienes trabajaban  con comida empezaron a hurtarla y venderla en el mercado negro. Los que trabajaban en almacenes médicos hacían de narcotraficantes familiares. Los obreros de la construcción cargaban su saco de cemento al hombro.

Y la economía de vacaciones. La agricultura se deprimió tanto que se fue a vivir a otro sitio. La industria se dio cuenta de que no había sitio para ella y se abandonó completamente a su suerte. Pero el trueque funcionaba entre la clase media. Los pobres siguieron en su pobreza, y los ricos... bueno... los ricos seguían con sus ideas.

Llegó el 2020 en un resumen apurado de la historia. No hay dinero para comprar nada y la danza de los millones perdió el maquillaje. De arriba volvieron a invocar el dólar americano. Pero ahora es un club más selecto. No lo venden en las casas de cambio, y el banco sólo firma la tarjeta de entrada: no hay moneda extranjera para vender.

Abren las tiendas exclusivamente en dólares, y por tarjeta, para que no tengas que ensuciarte las manos con la moneda del imperio. Suben los salarios pero nunca a la par de los precios. La vida por los humildes y para los humildes cae en picada. Nos protegen de nuestros miedos y de la violencia sugiriéndonos que no salgamos de nuestras casas. Pende en el aire la frase lapidaria de los césares: conmigo o contra mí. Y en los noticieros de  televisión se proyecta un drama soso o alguna pijamada.

Pareciera que esta vez es la vez, que el hombre del saco creó una alianza con Pandora y juntos decidieron liberar a todos los demonios.  Pero  la historia está a medio camino aún. Falta mucho que perder para que nos demos cuenta que llevamos tiempo a oscuras. Los despertares son siempre más difíciles cuando el sueño ha durado demasiado. Pasará, eventualmente, porque andamos a gatas, a ciegas, y a trompicones. O como decimos en buen cubano, llevamos siglos sin ver la luz.