La era digital señorea sobre los hombres y sus más encendidas costumbres. El suave disfrute de la plática cede su lugar a la premura, y el amor aprende a ser lacónico e indiscreto. El chat, los correos electrónicos, la mensajería entre celulares no dejan espacio posible a las formas más tradicionales de correspondencia.
La ventaja es obvia. La desventaja también: nunca tendremos entre nuestras más preciadas posesiones un cajón repleto de cartas añosas y amarillentas para salvarnos de la desmemoria o consolarnos de las dulces compañías que han quedado atrás. En las horas de mayor nostalgia, sólo el recuerdo desfigurado por el paso de los días acudirá en nuestra ayuda. Nunca una frase exacta, nunca la huella indeleble que dejó el puño sobre la página escrita...
Tendremos contestaciones inmediatas y certezas de cada verbo o acción, la imagen exacta del instante quizá; pero faltarán las mil palabras para hacernos sentir esa pasión, esa pena profunda que las separaciones forzosas provocan en los más tiernos enamorados.
Pienso en la increíble correspondencia del Mayor Ignacio Agramante y su amantísima esposa, Amalia Simoni. Pienso en la asombrosa trascendencia de esas palabras, escritas para ser leídas en la intimidad de una habitación tenuemente iluminada, justo en la hora que los hijos pequeños se han ido a dormir, y sé que ninguna urgencia compensaría la falta de esas esquelas en la larga lista de afectos que esperamos tener.
Sola, en medio del frío exilio neoyorquino, las cartas del mayor deben haber resultado un aliciente irreemplazable, una fuerza capaz de sostener el espíritu adolorido de la cubana.
Hoy, a más de cien años del nacimiento de esta increíble mujer, podemos aún sentir la emoción y la ternura con que su amado la cortejaba:
Puedes estar tranquila, mi dulce bien, y confiemos en que nuestra dicha al volver a juntarnos, y la libertad de Cuba, compensen pronto todos los sacrificios (...) Tú, Amalia idolatrada, recibe toda el alma, que te adora delirante, tu esposo
Ignacio
laconica!!!
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