viernes, 21 de enero de 2011

El paseo Martí

Cuentan los que lo vieron en su versión primera allá por el año 1838, y de ello dan fe las fotos de aquel entonces, que el antiguo paseo Santa Cristina, hoy paseo Martí, empezó siendo un largo corredor sembrado de árboles donde algún que otro adolescente, de esos muy dados al ocio, pateaba indiscreto un trozo de cartón o una graciosa pelota de madera.

Un murete protegía a los paseantes de despeñarse, en insalvable descuido, hasta el mar que marcaba uno de los límites de la alameda.

Tres glorietas imprimen ritmo en la vía arbolada: en la primera, a la entrada de la Vía Blanca, se emplazó la estatua de Fernando VII, tercera de su tipo en el mundo y que hasta esa fecha había presidido la plaza de armas de la ciudad; la segunda, al final del paseo, guarda el obelisco a los mártires de la independencia; y la tercera, infamada con un pedestal que rendía tributo a los ocupantes norteamericanos, y que luego de 1959 recuperó su dignidad sustituyendo el pedestal por una estatua en conmemoración al poeta Gabriel de la Concepción, tristemente ejecutado en las cercanías.

Del apóstol, a quien debe su nombre actual el paseo, no conocería estatua si no hasta 1953, por obra el escultor Redulfo Tardo.

Con el tiempo, a la ancha vía le nacieron bancos y la gente del lugar decidió aprovechar el fresco y la concurrencia para armar sus informales tertulias donde a más de uno le cambiaron nombre por apodo fijo.
Hoy el paseo mantiene esa costumbre de juntar vecinos, y otros que no lo son tanto, para un rato de sana charla entre la cena y la hora del sueño. Otros, más jóvenes y menos discretos, sintiéndose a buen resguardo entre tanto árbol y tanto libertador inmortal en su estatua de piedra, buscan su amparo cuando la madrugada fresca los impele al descubrimiento de los misterios del amor carnal.

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