miércoles, 26 de enero de 2011

El amor en tiempos de Amalia Simoni

La era digital señorea sobre los hombres y sus más encendidas costumbres. El suave disfrute de la plática cede su lugar a la premura, y el amor aprende a ser lacónico e indiscreto. El chat, los correos electrónicos, la mensajería entre celulares no dejan espacio posible a las formas más tradicionales de correspondencia.

La ventaja es obvia. La desventaja también: nunca tendremos entre nuestras más preciadas posesiones un cajón repleto de cartas añosas y amarillentas para salvarnos de la desmemoria o consolarnos de las dulces compañías que han quedado atrás. En las horas de mayor nostalgia, sólo el recuerdo desfigurado por el paso de los días acudirá en nuestra ayuda. Nunca una frase exacta, nunca la huella indeleble que dejó el puño sobre la página escrita...
Tendremos contestaciones inmediatas y certezas de cada verbo o acción, la imagen exacta del instante quizá; pero faltarán las mil palabras para hacernos sentir esa pasión, esa pena profunda que las separaciones forzosas provocan en los más tiernos enamorados.

Pienso en la increíble correspondencia del Mayor Ignacio Agramante y su amantísima esposa, Amalia Simoni. Pienso en la asombrosa trascendencia de esas palabras, escritas para ser leídas en la intimidad de una habitación tenuemente iluminada, justo en la hora que los hijos pequeños se han ido a dormir, y sé que ninguna urgencia compensaría la falta de esas esquelas en la larga lista de afectos que esperamos tener.

Sola, en medio del frío exilio neoyorquino, las cartas del mayor deben haber resultado un aliciente irreemplazable, una fuerza capaz de sostener el espíritu adolorido de la cubana.

Hoy, a más de cien años del nacimiento de esta increíble mujer, podemos aún sentir la emoción y la ternura con que su amado la cortejaba:
Puedes estar tranquila, mi dulce bien, y confiemos en que nuestra dicha al volver a juntarnos, y la libertad de Cuba, compensen pronto todos los sacrificios (...) Tú, Amalia idolatrada, recibe toda el alma, que te adora delirante, tu esposo
Ignacio

viernes, 21 de enero de 2011

El paseo Martí

Cuentan los que lo vieron en su versión primera allá por el año 1838, y de ello dan fe las fotos de aquel entonces, que el antiguo paseo Santa Cristina, hoy paseo Martí, empezó siendo un largo corredor sembrado de árboles donde algún que otro adolescente, de esos muy dados al ocio, pateaba indiscreto un trozo de cartón o una graciosa pelota de madera.

Un murete protegía a los paseantes de despeñarse, en insalvable descuido, hasta el mar que marcaba uno de los límites de la alameda.

Tres glorietas imprimen ritmo en la vía arbolada: en la primera, a la entrada de la Vía Blanca, se emplazó la estatua de Fernando VII, tercera de su tipo en el mundo y que hasta esa fecha había presidido la plaza de armas de la ciudad; la segunda, al final del paseo, guarda el obelisco a los mártires de la independencia; y la tercera, infamada con un pedestal que rendía tributo a los ocupantes norteamericanos, y que luego de 1959 recuperó su dignidad sustituyendo el pedestal por una estatua en conmemoración al poeta Gabriel de la Concepción, tristemente ejecutado en las cercanías.

Del apóstol, a quien debe su nombre actual el paseo, no conocería estatua si no hasta 1953, por obra el escultor Redulfo Tardo.

Con el tiempo, a la ancha vía le nacieron bancos y la gente del lugar decidió aprovechar el fresco y la concurrencia para armar sus informales tertulias donde a más de uno le cambiaron nombre por apodo fijo.
Hoy el paseo mantiene esa costumbre de juntar vecinos, y otros que no lo son tanto, para un rato de sana charla entre la cena y la hora del sueño. Otros, más jóvenes y menos discretos, sintiéndose a buen resguardo entre tanto árbol y tanto libertador inmortal en su estatua de piedra, buscan su amparo cuando la madrugada fresca los impele al descubrimiento de los misterios del amor carnal.

El día de irse pa´l otro mundo


La muerte, que no cree en genios, edades ni petitorios, termina por acompañarnos siempre en ese viaje fatal en que decimos adiós a cuanto hemos gozado y sufrido de este mundo. Ella, que no conoce vacaciones ni días de fiesta, trabaja con una constancia que muchos quisieran encontrar en otros menesteres y para los cuales al hombre común le falta voluntad y empeño.

Quizá por eso cuando el 26 de diciembre de 1921 La Parca decidió llevarse al increíble Miguel Faílde , el pueblo de su Matanzas natal- enamorado del creador del baile nacional- lo cortejó al compás de una de sus más populares creaciones: “Las alturas de Simpson”, para así evitar que tan grande músico saliera de esta tierra sin algo de la alegría que hizo crecer con sus composiciones.

El viaje al cementerio de San Carlos, lento y pesaroso, transcurrió entre los acordes de un danzón y las voces melancólicas de los dolientes, que para la ocasión sería la ciudad toda. El gentío, bullanguero y jovial, guardó sus risas y se enlutó para despedir a su ídolo en una de las más grandes demostraciones de respeto que un artista haya tenido jamás.

Luego de tanta pasión y tanta pena por su muerte, quién habría de imaginar que hoy su tumba languidece en un olvido que sería total de no ser por las obras que allí ejecutan los trabajadores del cementerio- que han decidido hacerle justicia a la memoria del creador del danzón- y de alguna que otra visita fugaz de los seguidores del rico baile en esta ciudad.

Faílde, el hombre que puso a bailar a una isla y sacudió con su osadía el pudor de la sociedad yumurina de su tiempo imprimiendo un ritmo y una cadencia atrevidos, sufre el silencio de esta ciudad de los muertos en la que ni una nota, la más elemental, lo consuela de no trastornar las madrugadas de la Atenas de Cuba.

Fuera de la necrópolis una sencilla tarja, colocada en 1921 en la fachada de su modesta casa, lo recuerda entre las calles que antes se rendían a su canto. Y es que la muerte no sólo se lleva el cuerpo, a veces también borra la memoria.